Envidiaba a los músicos capaces de crear historias en solo tres minutos en una sola canción, mientras él tardaba hasta más de doscientas y trescientas páginas para contar una novela.
La pasión por la música en Gabriel García Márquez no se limitaba a la música folclórica y popular, al vallenato, al porro o la cumbia, también al bolero, la música antillana y la música clásica universal. Le puede interesar: Con éxito culminó el Cartagena Festival de Música.
Era apasionado del Concierto N° 3 del húngaro Béla Bartók. Y aprendió a amar a The Beatles gracias a sus propios hijos. El padre de García Márquez aprendió a tocar el violín en su aldea natal de Sincé, la cuna del genio musical Adolfo Mejía. Desde que era niño, Gabo se quedaba perplejo viendo a los juglares que tocaban su acordeón en la plaza de Aracataca, en donde Lucho Bermúdez dirigió la Banda Municipal, dictó clases de música y tocó en los funerales de la partera de García Márquez.
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El coronel Nicolás Márquez y Antonio Daconte acogieron a Lucho Bermúdez a su llegada a Aracataca, en donde ya su tío músico vivía desde los años veinte del siglo XX. Me cuenta el nieto de Antonio Daconte, Eduardo Márceles, que su abuelo le regaló instrumentos a Lucho Bermúdez. Todo lo anterior para decir que Gabo escuchó a Lucho Bermúdez en Aracataca sin saberlo. Su abuelo el coronel era reticente a que el nieto se acercara a las música de los juglares. Y esa prohibición le permitió amar con mayor pasión la música de los juglares. En todos los cumpleaños de Gabo, el vallenato y los conjuntos de acordeón estuvieron presentes hasta el final de su vida.
Temía escribir escuchando música porque se distraía, pero en su novela El Otoño del Patriarca, los musicólogos y críticos han encontrado, en la estructura y ritmo de la novela, una secreta relación con la música clásica. Gabo siempre buscaba la música, y envidiaba a los pianistas y cantantes que en la penumbra de un bar tocaban el corazón invisible de los amantes. Toda su obra está permeada por la música de la aldea y del mundo.