Para afinar la música de las palabras, empiezo por releer a Juan Rulfo, tal vez el más discreto y el más iluminado de los narradores que ha dado América Latina al mundo. Con su libro de cuentos El llano en llamas (1953) que celebra setenta años de haberse publicado, se convirtió en un clásico de ese género en el mundo, y con Pedro páramo (1955), un clásico de la novela. El torrente de su escritura es lo más parecido a un río de aguas claras y profundas que fluyen por un valle donde crecen las azules pencas de los agaves (cultivos mexicanos) y brillan las pupilas de las niñas indígenas que desgranan el maíz del amanecer. Lea: ¡Legado literario! Publicarán novela inédita de Gabriel García Márquez
Ese río se desliza por un valle donde ladran los perros y donde arden los fuegos debajo del inmenso comal donde se calientan los manjares de la tribu. Ese comal forjado con la arcilla de la tierra es el génesis del nombre mítico de Rulfo: Comala, que traduce pueblo sobre las brasas. Aldea donde se encienden los fuegos de las guerras, se cocinan los amores y las pasiones secretas, las intrigas, la codicia por la tierra, la impiedad patriarcal de los caudillos, la profanación de lo sagrado, la culpa de haber sido expulsado del paraíso, la soledad pervertida de los poderes. Rulfo escucha a los campesinos de su tierra, a las mujeres y a los niños, recorre las aldeas perdidas y olvidadas, y escribe sus cuentos y su novela como si descifrara un inmenso murmullo que arrastra el viento en Comala y en la hacienda La Media Luna. Tal vez por eso, estuvo tentado a llamar inicialmente su novela en 1954 como Los Murmullos, o Una estrella junto a la luna, hasta decidirse por Pedro Páramo.
Escribía en un cuaderno escolar con un bolígrafo de tinta verde y así como avanzaba en la escritura, destruía lo que no tuviera para él la resonancia de los murmullos. Y en esas voces se escuchaban los destellos de las confesiones y los deseos brutales, las desolaciones y las esperanzas escamoteadas, el odio, la rebeldía y la ternura, y el fino fulgor de la poesía a flor de labios. Con ese rigor espartano de buceador de abismos, destruyó la novela La cordillera, y solo salvó de otra novela urbana El hijo del desaliento, el fragmento Un pedazo de noche.
Cuando sus dos libros se hicieron célebres en el mundo, escapaba a la eterna pregunta de por qué no había escrito más libros, y solo consolaba a los periodistas diciéndoles que desde que murió el tío Celerino, quien era el que contaba las historias, dejó de escribir cuentos. Rulfo fue un perfeccionista del arte de narrar hasta el final de su vida. La editorial Nueva Imagen publicó el breve libro: Juan Rulfo. Antología Personal (1978), y Rulfo sólo eligió con exigencia de sus dos libros pocos textos que alcanzaron las 156 páginas de esa edición bajo su selección y cuidado. Lea: Juan Fernando Merino, el maestro del cuento, habla de su obra
De su libro El llano en llamas, solo escogió los cuentos Nos han dado la tierra, El llano en llamas, ¡Diles que no me maten!, Luvina, No oyes ladrar los perros, Paso del Norte, Talpa, Anacleto Morones. Y de la novela Pedro Páramo, eligió solo quince páginas, la que alude a El padre Rentería y a Susana San Juan. Incluyó dos textos que no aparecen en sus dos libros: Un pedazo de noche (1940) de la novela destruida, publicado por primera vez en la Revista Mexicana de Literatura, número 3, septiembre de 1959; y La vida no es muy seria en sus cosas, publicado en la revista América, número 40 del 30 de junio de 1945, nunca recogido en libro.
Un pedazo de noche
El diálogo de silencios o el lenguaje cifrado entre un sepulturero y una mujer que va a un lugar para que la busquen los hombres, es la trama de Un pedazo de noche, escrito y rescatado por Rulfo, de sus escritos de la década del cuarenta. En ningún momento se dice que la mujer es una prostituta, pero ella, que es la protagonista narradora en primera persona del cuento, declara que ella está allí, “para que me buscaran los hombres”. Su nombre real es Olga, pero cuando sale de noche se llama Pilar. Al cabo de dos o tres semanas en un pueblo llamado Valerio Trujano, Olga venció su miedo a exponerse ante los hombres. En su relato precisa que “el miedo es la cosa que más miedo le tiene a la soledad”. El hombre que se le acerca se llama Claudio Marcos, es sepulturero, y lleva una criatura en los brazos. Ella le dice a Claudio Marcos que se llama Pilar. Él le dice que tal vez ella está buscando a alguien especial, pero él insiste en que ha venido por ella, y solo quiere saber “cuánto cobras”. Ella le dice que no irá a ninguna parte con él mientras lleve ese niño. Él le dice que ese niño no es suyo sino de su compadre, pero que pueden ir juntos, pretende dormir al niño, e ir a un lugar medio oscuro que conoce.
El niño despierto los miraba a los dos, con sus enormes ojos llenos de malicia. “Pensé que tal vez fuera el puro reflejo de nuestros vicios”, dice la narradora. Ella le propone que deje al niño donde su madre. Cuando van en busca del lugar secreto, un policía llama a la mujer como Olga. Y Claudio se sorprende. Ella le dice que da lo mismo Olga o Pilar, y que es mejor alejarse de ese lugar donde todos la conocen. En un instante él le cuenta de su oficio de sepulturero.
Dice que al principio sufría al enterrar a los muertos, pero que llegó a la conclusión de que “los vivos son una vergüenza”, mientras “los muertos son los seres más buenos de la tierra”. El sepulturero seduce a Olga o Pilar con estas palabras: “Me haré a la idea de que te soñé. Porque la verdad es que te conozco de vista desde hace mucho tiempo, pero me gustas más cuando te sueño. Entonces hago de ti lo que quiero. No como ahora que, como tú ves, no hemos podido hacer nada”. Ella solo le pide un trato: que la deje descansar. Y el final del cuento es excepcional: “Parece como si se le hubiera olvidado el trato que hicimos cuando me casé con él: que me dejaría descansar; de otra manera acabaría por perderse entre los agujeros de una mujer desbaratada por el desgaste de los hombres”.
