Todo el palabrerío ancestral de la España antigua, medieval, que hereda el labrador Sancho Panza, el escudero de don Quijote, también nacido en una aldea de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, aflora en la ingenuidad e inocencia de este personaje gordiflón que va con su asno detrás de su amo en su caballo Rocinante. Y es la sabiduría popular en contraste con los libros de caballería y el espejismo de los caballeros andantes medievales en la imaginación de ese cincuentón esquelético y desamparado que es Alonso Quijano.
A medida que recorren las llanuras, las aldeas y los pueblos de la Mancha en más o menos siete u ocho meses, en la primera parte de la novela, Sancho escucha a su amo y el amo escucha a su escudero, pero en la segunda parte del libro, el escudero ha sido permeado por el lenguaje de su amo. Sancho se aquijota en la segunda parte, en unos de sus giros verbales, y el Quijote de alguna manera -valga el verbo inventado- se asanchopancea, al volverse terrenal y recuperar la cordura que desemboca en su muerte. En una vuelta a esta monumental novela clásica que mantiene su vigencia cinco siglos después de haber sido escrita, encontramos heredades en la trama narrativa que fueron utilizadas por los novelistas modernos del siglo XX y aún en el siglo XXI son vigentes: la estructura de la novela contenida en otra novela que le ocurre a un lector alucinado que la encarna, mientras lo observa como un espía su traductor árabe al español Cide Hamete Benengeli, quien además hace comentarios a la traducción mientras ve vivir la ficción de la novela en la vida de don Quijote. Ese solo detalle es, tal vez, una de las genialidades que transformó el arte de narrar en la historia de la literatura universal. Pero ahora solo nos vamos a ocupar de las palabras que utiliza Cervantes a través de Sancho Panza y don Quijote, ciertas palabras resistieron el paso del tiempo y aún perviven en la comunidad hispánica.
He leído con lupa ‘Don Quijote de la Mancha’, de Miguel de Cervantes, edición del IV Centenario de la Real Academia de la Lengua y la Asociación de Academias de la Lengua Española, 2004, una hermosa y cuidadosa edición de 1.249 páginas que contienen, además de los textos magistrales del Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, los aportes luminosos de Francisco Ayala, Martín de Riquer, José Manuel Blecua, Guillermo Rojo, José Antonio Pascual, Margit Frenk, Claudio Guillén, edición y notas de Francisco Rico, y un cierre providencial acompañado de un glosario, del que compartiré algunas palabras que me han impresionado.
Así hablaba El Quijote
Aguaitar, asomarse con el rabillo del ojo en una ventana, es una de esas palabras antiguas del español campesino y cotidiano que heredamos de don Quijote. Aguamanil que era el lavamanos de la época aparece en la novela. Y aguamanos. Hay otras que el viento se las llevó como albar: de color blanco. Adunia; abundancia. Algebrista: sanador de huesos. Agareno: árabe. Alcaller: alfarero. Aljófar: perla pequeña. Alongarse: alejarse. Almalafa: capa larga. Amainar: recoger las velas. Amaranto: planta y símbolo de inmortalidad. Amondongado: deforme. Añascar: enredar. Apocado: pequeño. Arrastrado: desgraciado. Aspar: sacar hilo. Atusar: arreglar. Azorarse: desesperarse. Bacín: orinal. Badea: sandía. Bagaje: mula de carga. Bojiganga: bufón, loco. Bronco: grosero. Bureo: deliberar en secreto. Cartapacio: carpeta. Catarro: tos. Ceja: quemarse las cejas/ las pestañas/ pasar la noche en vela. Ceca: ir de la ceca a la meca, ir de un lado a otro. Cerrero: montaraz. Chapado: de valía. China: piedra pequeña. Cerda: pelo grueso y duro. Coplear: cantar coplas. Cordal: muela del juicio. Corvo: curvo. Criba: colador. Cuartana; paludismo. Cuita: pesares. Dádiva: soborno. “Quebrantan peñas y hacen venir de las greñas”. Dañador: nocivo. Derrengado: muy cansado. Descollarse: sobresalir. Despeado: “Con los pies molidos de tanto andar”. Dios: “A Dios rogando y con el mazo dando”. Hay que trabajar mucho para lograr lo que se desea. “A quien Dios se lo dio, San Pedro se la bendiga”, “Más vale al que Dios ayuda que al que mucho madruga”. Despensa: provisión de comestibles. Doblón: moneda de oro de gran valor. Ducado: moneda de oro. Doncella: soltera, mujer virgen. Dulzaina: instrumento de viento. Embotar: debilitar. Empreñar: embarazar. Endechadera: plañidera. Mujer que se contrataba para llorar en los velorios, en la España antigua, al igual que en nuestros pueblos en el Caribe colombiano. El Quijote dice que había una mujer de Zaragoza que había quedado ciega de tanto llorar duelos ajenos.
Enclavijado: enganchado. Escardar: limpiar las malas hierbas. Estera: alfombrilla. Estopa: residuo de hilo. Faldriquera: faltriquera, bolsillo. Follón: canalla. Flema: calma. Fullero: tramposo. Gallina: “Viva la gallina, aunque sea con su pepita en el buche”. Vivir, no importa las incomodidades. Gordiano: nudo. Guedeja: mechón de cabello. Haba: no valer dos habas. Algo sin valor. Horro: limpio. Jerigonza: jeringonza, lengua extraña. Jumá: viernes, día sagrado para los musulmanes. Ínsula: lugar fabuloso. Laurel: planta, símbolo de inmortalidad. Lelilí: lililí, vocerío de los moros. Lisura: claridad. Longura: delgadez. Lumbre: tener mucha estima alguien. Machucar: machar. Magín: entendimiento. Majar: golpear. Manda: donación. Malandrín: maligno, perverso, bellaco. Martín: “A cada puerco le llega su San Martín”, a todo el mundo le llega la hora de rendir cuentas. Manos: “Metió las manos hasta los codos”. Dedicarse con ahínco. Marras: “Sobradamente”. Maravedí: moneda de poco valor. Miga: migaja. Nada o casi nada. Morisma: multitud de moros. Monicongo: persona del Congo. En el Caribe equivale a personaje caricaturizada, que hace payasadas o monicongadas. Mollera: hacer que tenga juicio. Ojeriza: mala voluntad. Pájaro: “Más vale pájaro en mano que buitre volando”.
Pagano: no cristiano. Peliagudo: de pelo fino. Pasicorto: paso corto. Pasmarse: asombrarse. Pescozada: golpe. Entre nosotros, pescozón. Piojoso: sucio. Prez: honor. Prosopopeya: solemnidad. Pupilo: huérfano menor de edad. Pulla: insulto. Regodeo: broma. Rematado: derrotado. Retrete: aposento. Reuma: infección. Sabandija: pequeña alimaña salvaje. Saboyana: ropa exterior femenina abierta por delante. Sabeo: de Sabá, en la Arabia antigua. Sacabuche: trombón de varas. Sacapotras: matasanos. Salamanquesa: salamandra. Entre nosotros, salamanqueja. San Bartolomé: quedar desollado después de los golpes. Sambenito: túnica de los condenados por la Inquisición. Siesta: mediodía. Sobrenombre: apellido. Alias, entre nosotros. Sonsacar: robar. Tantico: poquito. Tate: interjección de cuidado. Templado: afinado. Temblar: azogado. Tiento: a ciegas. Tirios: Tirios y Troyanos. Tinaja: vasija grande para guardar agua. Togado: letrado. Tragantón: tragón. Tramontana: viento fuerte del Norte. Trasijado:esquelético. Tripa: vísceras. Tris: en seguida. Váguido: mareo. Valía: figura. Vapular: azotar. Varear: arrear con vara. Vituperio: Oprobio. Volandas: como en un vuelo. Zagala: pastora. Zalema: reverencia. Zamorano: gaita. Zahorí: persona que penetra en lo más hondo de algo. Zancajo: talón. Zuzar: azuzar.
Epílogo
Son algunas sorpresas del alfabeto de don Quijote. Algunas palabras han acentuado sus matices de significado o los han variado según la vida de nuestros pueblos, como pequeños y gigantes tesoros que el mar ha pulido viajando en el tiempo entre las olas del Mediterráneo y el Caribe. Y aún resplandecen entre los labios de don Quijote, como si acaba de salir de aventuras por las aldeas de la Mancha.
