Cultural


Teresita Román, encanto y sabor de una historia

Ella misma parecía una reina detenida en el tiempo. Fue ella una de las primeras en vigilar y velar por el patrimonio arquitectónico de Cartagena.

GUSTAVO TATIS GUERRA

04 de mayo de 2021 08:00 AM

Sus ademanes sofisticados, su gracia y encanto, su recia personalidad blindada contra toda desesperanza, su refinada manera de batallar contra el desgaste del tiempo y su vocación de belleza y elegancia congénita, pero, sobre todo, su amoroso e inagotable fervor por su ciudad natal, la mantuvieron altiva y activa en su reinado como matrona cartagenera.

Fue ella una de las primeras en vigilar y velar por el patrimonio arquitectónico de Cartagena, y en elevar su voz a las autoridades para preservar y conservar la heredad patrimonial.

Cuando vio en el Centro amurallado que los letreros comerciales intentaban ocultar el esplendor de la bella desnudez de los muros y el horizonte de sus balcones, fue personalmente a convencer a las autoridades y empresarios de la necesidad de embellecer y cuidar el entorno de la ciudad.

Ella misma lideró la iluminación con faroles de las calles de Cartagena, para reemplazar aquellos bobillos de luz amarillenta que entristecían los ocasos, y sugirió que dentro de los arcos y arcadas se iluminaras, además, siguiendo las huellas del destino de su tía abuela Soledad Román (que tuvo alquiler de coches a finales del siglo XIX), pensó en que la ciudad debía tener más de dos coches para recorrer la ciudad al ritmo lento y apacible de un caballo. Fue así como de dos coches se hicieron cinco y la ciudad se llenó de coches. Esta historia no fue feliz con los caballos, pero ella no tiene la culpa de eso.

A Teresita Román, que recorría su ciudad para saber qué le faltaba, se le ocurrió en uno de sus viajes a Sevilla, hacer réplicas artísticas de su nomenclatura con el nombre de sus calles, porque para ella no era suficiente la numeración en una ciudad que no se guía por números sino por colores, aromas, y recuerdos de esquinas. Así que ella lideró las nomenclaturas artísticas en el Centro amurallado y los nombres de calles y personajes. Inicialmente, estas nomenclaturas se hicieron en España, pero luego, con la integración de las empresas locales, Corona asumió la realización de las nuevas nomenclaturas. Teresita, además de declamar con una bella voz ‘Tú me quieres blanca’, de Alfonsina Storni, y poemas de José María Pemán, tal como se lo contó a la periodista Belinda García, empezó recitando desde sus siete años y siguió aprendiendo el arte de la declamación en España con una sobrina nieta de Espronceda.

Todas sus obras cívicas las hizo con el mismo desprendimiento y la gracia de quien llevaba siempre a Cartagena entre sus prioridades, como un asunto legítimo de su espíritu y su corazón. Fue una mujer privilegiada que supo temprano que haber nacido en una de las casas más bellas de Cartagena, en la isla de Manga, no solo era un tesoro heredado, sino una exigente responsabilidad. Fue la primera mujer en Cartagena que viajó en un vuelo comercial a Europa. Uno de los grandes sustos de su vida ocurrió cuando viajaba hacia Europa, y un pasajero enloquecido sacó un revólver y amenazó a todos y apuntó al piloto para desviar el vuelo hacia Cuba. No hubo víctimas, pero dejaron tirados a todos los pasajeros en medio de un inmenso sembradío de fríjoles. Esa historia puede escucharse en ese testimonio que ella le compartió a Belinda.

Como quien entra
a la Alhambra

La Casa Román, forjada en los inicios de los años veinte del siglo XX, es una mansión del patrimonio que se convirtió en lugar de peregrinación del turismo del país y del mundo. El encanto de esa casa, que ella me enseñó cuando era reportero radial y luego como cronista de la ciudad, me llevó a recorrer la majestuosidad de una casa bajo el influjo de las maravillas árabes, y el arquitecto español Alfredo Badenes la empezó a construir a principios de siglo XX, evocando senderos ajardinados que nos llevaban a la vez a España y al misterio viviente de ‘Las mil y una noches’. La casa fue el sueño de sus padres, quienes viajaron a España y quedaron deslumbrados al recorrer la Alhambra y la arquitectura de Sevilla y el sur de España. Henrique Pío Román quiso que aquella arquitectura, que formaba parte de sus emociones más profundas, se mudara y se reencarnada en su ciudad natal. Tal como lo cuentan los biógrafos de esta aventura, no fue suficiente calcar aquellos milagros, sino dotar la nueva casa con el mobiliario embrujador neoárabe. Y encontraron a Aurelio Rus, que persiguió en la misma España elementos que embellecieron la Casa Román, cuyas puertas se abrieron a la luz de Cartagena en 1919. Hace poco, en enero de 2021, la casa fue visitada por el catedrático Rafael López Guzmán, quien imparte la cátedra de Historia del Arte en la Universidad de Granada, y su primer deslumbramiento fue encontrar un espejo de la Alhambra.

Entrar a esa casa era como sentir un soplo de Granada bajo el cielo de Cartagena. Ella, como siempre, recibía a todo el mundo con una sonrisa, y a sus visitas las atendía con la legendaria Kola Román, inventada por su padre. Al recorrer la casa, evocaba a su padre, que estaba pendiente de que cada baldosita con sus azules mediterráneos mantuviera su forma y esplendor. A ella le tocó preservarla y velar para que siguiera siendo una de las casas emblemáticas del patrimonio cartagenero. Pero de allí nunca quiso salir. Siempre se sintió acompañada por los jardines cuidados por tantas manos en más de un siglo: gíngeres rojos y heliconias florecidas resistiendo los veranos y la inclemencia de nuestras estaciones. (Lea aquí: Fallece la escritora y chef Teresita Román de Zurek)

El tesoro de
sus recetas

A largo de muchos años apuntó en un cuaderno las recetas tradicionales de sus abuelos y emprendió una búsqueda de nuevas recetas en el tiempo. De esa búsqueda, que contó con la colaboración de Lácides Moreno Blanco, culminó su clásico libro ‘Cartagena en la olla’, que reúne las recetas de la gastronomía local y sus manjares de tradición que son frutos del mestizaje de Europa, África y América. Su libro, útil, imprescindible, se convirtió en referencia obligada para los historiadores y estudiosos de la cocina en el Caribe. El libro cuenta con dos ediciones al inglés y más de una treintena de ediciones.

A lo largo de su vida, Teresita Román de Zurek, casada con el empresario Alfonso Zurek, y de cuyo matrimonio nacieron Catalina, Teresa Margarita y Alfonso Carlos, emprendió múltiples iniciativas cívicas y públicas por su ciudad, presidiendo juntas directivas en distintas instituciones como la Casa Museo Núñez, la Cruz Roja, el Club de Jardinería, clínicas y hospitales de la ciudad y fundaciones benéficas contra el cáncer, entre otras. Y nunca descansó en su tarea desinteresada, altruista y sin intereses. Viajó por todo el mundo, conoció toda Europa, solo le quedó pendiente ir a la India y a Rusia. Y en cada viaje, además de traer ideas positivas para la ciudad, atesoraba muñecas como una niña asombrada, y en su casa creó otra inmensa casa con más de dos mil muñecas de los cinco continentes.

Epílogo

El esplendor de la Casa Román se parece a la alegría y al espíritu de Teresita Román: siempre guarda un secreto y una sorpresa.

Detrás de su gran sentido del humor cartagenero, había en ella una mujer visionaria, planificadora, consagrada a velar por el patrimonio arquitectónico, pero, a su vez, pensaba siempre que detrás de esa suerte, era clave el espíritu y la sensibilidad de sus ciudadanos.

Su única preocupación era la misma que tenía por Cartagena: mantener la gracia y la belleza de lo que heredamos. Bajo la luz del cielo cartagenero, el sueño de sus padres se mantiene en el tiempo, como si acabaran de regresar de la Alhambra.