Todo de cabeza: la danza que llegó en un barco

16 de febrero de 2020 12:00 AM

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El sábado 22, cuando Los Cabezones salgan en el desfile de la Batalla de Flores, cumplirán 90 años de hacerlo de manera ininterrumpida. Crónica de un símbolo del Carnaval de Barranquilla.

La cabeza de Aida Merlano está recostada a la pared. Ricardo se ríe, pero habla en serio cuando me dice que la tiene lista hace varias semanas, aunque no recordaba la identidad de la prófuga exsenadora cuando me lo estaba contando: “¿Cómo es que se llama la vieja esta que se voló?”. Le digo el nombre. “¡Eso! Bueno, a esa ya la tengo hecha. ¿Ya me entiendes?”. Desde noviembre moldeó la figura en arcilla. Luego, una de sus dos hijas le puso 120 capas de papel kraft y almidón durante casi ocho días y la dejó al sol otros nueve esperando a que se endureciera. Así es como las han hecho siempre.

Su casa está llena de cabezones. Están colgados en la reja, arrumados en la sala, metidos en armarios. Pero hay dos que no los saca para desfilar. Ni siquiera los mueve. Los revisa de tanto en tanto para arreglar algún desperfecto y vuelve a dejarlos quietos. La razón es una sola: son los únicos que quedan de los primeros que llegaron del otro lado del mundo hace 90 años. Reliquias. Tesoros guardados en el segundo piso sin terminar de una casa del barrio El Pueblo. Los trata como si estuvieran vivos. Le brota un orgullo infantil cuando está de pie frente a ese par de cabezas, se cruza de brazos, llena de aire sus pulmones y dice: “Míralas...”. Y sonríe.

La historia de cómo llegaron los cabezones a Barranquilla la ha contado varias veces. Le pido que la refiera otra vez. Estamos en la terraza de su casa. Su yerno escucha la petición y le baja el volumen al picó miniatura en el que resuena una salsa vieja que encaja perfecta en esta tarde de viernes precarnavalero. Y comienza el relato.

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* * *

Un día del año 1929 el dueño de Café Almendra Tropical viajó a buscar compradores para sus productos a Colonia, ciudad alemana conocida por tener uno de los carnavales más famosos de Europa. Llegó en pleno carnaval acaso por los azares del calendario, así que no pasó mucho tiempo para que aparecieran frente a él decenas de cabezas enormes que desfilaban bamboleándose como gigantes mitológicos: ¡Da kommt die Schwellköpp! (Ahí vienen los cabezones, le tradujo alguien). Se llamaba Celio Villalba Ramírez, un santandereano que había llegado en alpargatas a Barranquilla décadas atrás y que tiempo después fue escalando dentro de la empresa hasta que terminó haciéndose su dueño tras la muerte de sus dos socios. Celio quedó maravillado. Fue ese el instante preciso en que la idea prendió en su cabeza y terminó al año siguiente con la danza de los Schwellköp (Cabezones) desfilando en la Batalla de Flores de la ciudad que le dio fortuna y poder, y hasta un barrio que lleva por nombre el acrónimo de sus iniciales: Cevillar.

El buque que zarpó del puerto de Colonia traía seis cabezones y cuatro muñecas gigantonas, los primeros que verían los barranquilleros en sus calles. La travesía trasatlántica terminó justo en los días previos a la fiesta. Celio era un astuto hombre de negocios, así que más allá de la pintoresca idea de divertir a los barranquilleros con la novedad alemana, aprovechó su asiento en la junta organizadora del carnaval para que sus cabezones fueran los primeros en desfilar, portando, además, un cartel que los identificaba como Los Cabezones de Café Almendra Tropical, muchas décadas antes de que a ideas como esas comenzaran a llamarles ‘marketing’.

A 9.000 kilómetros de Colonia, en las calles de El Pueblo, nadie puede pronunciar Schwellköpp, pero tampoco hace falta, porque aquí se llaman Los Cabezones y los hace Ricardo. Entrar al barrio y mencionar su nombre es suficiente para que alguien diga “claro, ese es el mello, vive en la casa aquella de dos pisos”. Le pregunto si tiene un hermano gemelo: “Sí, claro, se llama David, pero él ya no sale en Los Cabezones porque hace 20 años se volvió cristiano. A veces me dice que deje todo esto, que queme a los cabezones porque el carnaval es del diablo, pero imagínate... a los cabezones los he hecho con mis propias manos, ¡son la vida mía!”.

Una vida cuyo rumbo cambió por completo cuando tenía 10 años y se robó uno de los cabezones que los mayores de su familia habían subido a un camión horas antes del desfile. No le habían dado permiso para salir a la calle ese sábado de carnaval, así que el pequeño, que hasta ese momento de su vida lo más pesado que había levantado era un balde de agua, aprovechó un descuido en medio de la batahola carnavalera y se llevó el cabezón para subirlo a un palo de mango enorme que había en el patio de la casa, en donde lo ocultó amarrándolo en medio del follaje. Era un hecho: la obsesión por esas cabezas enormes que los adultos cargaban en la época de fiesta había llegado a su vida. No había marcha atrás. Cuando comenzó el desfile su padre y un tío-abuelo pudieron identificar la menuda figura del pequeño Ricardo, que apareció bamboléandose entre ellos con el cabezón que andaba perdido y que creyeron robado.

¿No te regañaron?

-¡No! Se echaron a reír, no me hicieron nada, ¿ya me entiendes?, y me dieron la bienvenida a Los Cabezones.

¿Quién?

-Galo Rodríguez, un hermano de mi abuelo, el que me dejó los cabezones años antes de morir.

La historia de su tío-abuelo Galo Rodríguez y de cómo terminó siendo el depositario del legado de la danza de Los Cabezones también la ha contado varias veces. Le pido que la refiera otra vez. Ricardo continúa.

* * *

Un día, a mediados de los ochenta, Galo llamó a su sobrino-nieto y le dijo lo siguiente: “Todo eso es tuyo”, señalando los cabezones. No lo eran en realidad. La danza seguía siendo propiedad de Café Almendra Tropical, que había mantenido la tradición iniciada por Celio Villalba y que había delegado en Galo la dirección del grupo. Eran grandes amigos desde que, siendo jóvenes, se subían en un carro de mula a vender bolsitas de café en las polvorientas calles de Barranquilla en las primeras décadas del siglo pasado.

Lo que el viejo Galo estaba haciendo al dejarle el legado de la danza era reconocer la dedicación de Ricardo, quien se había convertido en el alma del grupo. Aceptó gustoso y fue ungido como líder. Pero todo cambiaría cuando los nuevos dueños de la empresa se la llevaron de Barranquilla en 1997 por problemas financieros, dejando a Los Cabezones tirados en una bodega. Al enterarse, Ricardo contrató un camión y los subió uno por uno con rumbo a su casa. A partir de ahí, mantener la tradición dependería de él y de su familia.

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Galo vivió 104 años, pero alcanzó a asegurarse de que Los Cabezones sobrevivieran. Y vaya que han sobrevivido: tienen en su haber 16 Congo de Oro a mejor disfraz y recuerdos perennes de cada desfile que le hacen pensar a Ricardo que todos han sido buenos, ninguno para olvidar, ni siquiera aquel de hace 10 años cuando les robaron tres de los cabezones mientras descansaban después de desfilar. Cuando lo recuerda su rostro adquiere una expresión adusta: “Tengo tres cabezas desaparecidas y ya me dijeron más o menos quién las tiene. Es un señor del barrio El Silencio. Donde las vea las reconozco y se las quito”. Lo dice con la firmeza de alguien que sabe enfrentarse al peligro: es escolta desde hace 30 años. A veces un radioteléfono emite algún sonido monofónico que interrumpe la entrevista. Esa es su otra vida. La de alguien que mantiene a su familia y también a la danza.

El grupo se conforma así: 80 Cabezones, 18 enanos, 4 muñeconas y más o menos 20 personas de logística (hidratación, transporte, música y demás). Este año solo saldrán 60 cabezones. Una modista del barrio confecciona el vestuario que usarán sus integrantes. Será de color naranja fluorescente, ya casi están listos. El sábado de carnaval llegarán a la Vía 40 en dos buses para los integrantes de la danza y un camión solo para Los Cabezones, así se evita que se rayen en el camino. “¿Ahora qué sigue?”, le pregunto. “Prepararnos. En estos días salimos a trotar dos horas diarias para aguantar. Ponerse un disfraz de estos es duro. Si te vistes de marimonda la vacilas, porque el disfraz no lleva nada y puedes moverte como quieras, ¿ya me entiendes? Pero estos disfraces son diferentes a todos los que hay en el carnaval. Pesan 35 libras”. Y ese peso se carga durante los cinco kilómetros que mide el cumbiódromo en que se transforma la Vía 40 a casi 40 grados de temperatura y con una humedad que ahoga. Debe ser duro, como dice Ricardo, por eso la coreografía es básica. Un cabezón no puede ser un portento de baile. Se caería.

Pero un cabezón sí puede ser un Rey Momo. ¿Por qué no? Ricardo lo sueña a sus 60 años: “Es lo más grande que puede llegar a ser un hacedor del carnaval. Es un honor”. Quiere serlo como homenaje a su tío-abuelo Galo, que recibió de Celio Villalba un legado que luego terminó en sus manos y que él anhela dejarle a sus nietos. Y entonces se imagina portando el cabezón más grande y hermoso que jamás se haya hecho, llegando a las fiestas populares de los barrios de la ciudad, bailando con ese peso encima, ¡qué importa!, se es Rey Momo solo una vez, y sería, por supuesto, una bella forma de coronar toda una vida dedicada a esto: a llevar el carnaval en la cabeza.

¿Crees que puedes serlo algún día?

-Claro, me he postulado un poco de veces. Voy a ver si en el próximo carnaval quedo yo. Un rey cabezón. ¡Imagínate eso!

Para Betty, su mujer, también sería orgullo. Ella también se lo imagina: ¡una maravilla! Pero sobre todo se alegra por él porque sabe que se vuelve un niño cuando sale a dirigir a Los Cabezones, porque tiene claro que si algo hace feliz a su marido es esta danza. Sentada en una mecedora cuenta que esto es una tradición familiar que ella también abrazó cuando decidió compartir la vida con Ricardo. Y lo ayuda en todo, con amor, como corresponde. Aunque a veces sienta que sería mejor usar el dinero que le invierten a la danza en terminar el segundo piso de la casa, al cual todavía le faltan muchas mejoras. Prioridades, dirá ella. Cada año tienen el mismo debate conyugal, pero terminan invirtiéndolo en las nuevas cabezas. Prioridades, dirá él.

* * *

Cabezones hay en otras latitudes. En Álava, al norte del país Vasco, les llaman cabezudos, los fabrican de cartón-piedra y mimbre, y salen desde 1917 en el carnaval de Vitoria-Gasteiz. En Mainz, al norte de Alemania, los hacen con papel maché para exhibirlos en el Fastnacht desde 1927. En Colonia son de cartón y alambre, al igual que en Maguncia. Cada año, sin saberlo, en estas cinco ciudades se vive el mismo ritual artesanal durante las mismas semanas de noviembre, después del cual nacen los cabezones que serán usados en simultánea durante los cinco carnavales para burlarse de sus respectivas autoridades, problemas y realidades, como la catarsis liberadora que el Hombre abraza desde hace siglos cuarenta días antes de la pascua.

“Esto significa la riqueza de un pueblo. ¿Usted sabe lo que son 90 años? No todo el mundo tiene el privilegio de pertenecer al Carnaval de Barranquilla todo ese tiempo. Esto es grande”. Ricardo se pone de pie. El tema lo emociona: habla de la música que sonará durante el desfile, de la familia en que se han convertido Los Cabezones durante casi 40 años, de su tío-abuelo, de una cosa, de la otra... Le interrumpo preguntándole si ya convocó a los miembros de la danza para comenzar las jornadas de ejercicios, definir roles, cuadrar horarios. Me responde que no es necesario convocarlos:

-¿Para qué? Cuando se acerca el tiempo del carnaval todos comienzan a llegar solitos a mi casa, uno por uno. Usted sabe que a los costeños esto es algo que nos llama... y cuando uno oye un tambor a uno le da una vaina en el cuerpo. A mí me da. Siento una alegría bacana. ¿Usted no la siente?

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