William Ospina y la vida novelesca de Humboldt

20 de marzo de 2020 07:08 AM

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Estos días son azares milagrosos que nos llevan a libros guardados y a metáforas dormidas.

Es lo que se llama serendipia: aquello que buscabas ansiosamente en un tiempo y espacio, y lo aplazas por diversas razones, y lo reencuentras cuando no lo estabas buscando, en otro tiempo y espacio, de manera inesperada y te deja suspendido entre dos tiempos, como un tesoro que te revela a su vez el gran misterio del que busca y el misterio de lo que es buscado y hallado.

Sé que el poeta, novelista y ensayista William Ospina, escribe en este confinamiento en el jardín o en esta cuarentena creativa, una novela sobre el explorador y científico alemán Alexander von Humboldt (Berlín, 1769 - 1859). Es un secreto, pero no ahondaré en eso, sino en este azar que me ha tocado hoy.

William es uno de los mejores poetas, novelistas y ensayistas de Colombia ante el mundo. Es grande en los tres géneros. En la poesía y en el ensayo me deslumbra más, aunque también sus novelas son poemas narrativos, pero yo siento la perfección de un estilo en los ensayos en los que interpreta y poetiza el universo, y en los poemas en los que piensa la vida y la historia. Es una criatura iluminada y privilegiada, con una memoria sensitiva e interpretativa de la historia, y una conciencia humanista de este fragmento de la historia que le ha tocado vivir y padecer. Cada palabra suya es una linterna que ilumina la oscuridad del bosque. Cada palabra suya es una sinfonía brotando de las piedras de los manantiales. William, nacido en Padua, Tolima, en 1954, es un viajero de la historia de Occidente y Oriente, de quien he vuelto a leer por estos días su novela sobre sus ancestros familiares en el Tolima “Guayacanal” y su poemario “Sanzetti”, publicado por Navona en 2018. Su “Poesía reunida”, publicada por editorial Lumen en 2017, es uno de los mejores libros de poesía que se han escrito en Colombia, que contiene su poemario “País del viento”, ganador del Premio Nacional de Poesía (1992). Es autor además de la trilogía de novelas “Ursúa” (2005), “El país de la canela” (2008, Premio Rómulo Gallegos 2009), y “La serpiente sin ojos” (2012) y autor además de libros de ensayos escritos con una alta y conmovedora sabiduría poética y una singular interpretación de la historia.

William, quien en sus novelas ha redescubierto intersticios que la historia no ha contado o no ha percibido por la tiranía del dato o la estadística, recrea episodios emocionales y humanos de la conquista de América en sus tres novelas, en su ensayo “Auroras de sangre” sobre Juan de Castellanos y en su biografía del general Bolívar. Pero también explora los retratos y las máscaras de la historia, hasta ir al corazón de sus elegidos.

Pensando en el peregrinaje de Humboldt que William Ospina emprenderá por el país para recrear la vida del explorador alemán en su novela, el aparente azar me embruja con los diarios de Humboldt, quien estuvo en Turbaco el 29 de marzo de 1801, Domingo de Ramos, exactamente hace 219 años.

En su diario Humboldt celebra el clima fresco de Turbaco, “el aire celeste de la montaña es de gran pureza, el pueblo está sobre un monte, en la mitad de valles boscosos donde brotan pequeños manantiales. Nuestro jardín enriquece el paisaje. Una terraza tiende hacia un precipicio. Un profundo valle rocoso es rodeado desde el oriente hasta el cenit por cadenas montañosas. Todo está cubierto de densa vegetación, con los imponentes árboles de los Andes. Plantaciones de plátano guineo y numerosos bambúes se imponen desde el desierto con cálido verdor”.

Allí describe árboles como el “caracolí, árbol de los arroyos, se cree que atrae el agua y hace surgir manantiales”, un bosque de membrillo, “cuyas flores ninfáceas son tan maravillosas como aromáticas”. Dice que hay muchos zancudos en este pueblo próximo a las lluvias y culebras enormes que devoran a las gallinas. Por las noches, los murciélagos se alborotan y las serpientes “trepan al techo de nuestra casa”.

En el poemario “Sanzetti”, de William Ospina, encuentro el poema “Humboldt”, cuyas metáforas me devuelven a la perplejidad del explorador por las tierras de América: “Cada flor traza un mapa de reinos invisibles”, dice el poeta interpretando a Humboldt. En el bosque Humboldt descifró el alfabeto cultural de sus habitantes. “Vuelan selvas de polen presintiendo el lenguaje”, a medida que el explorador se adentra en ese paisaje de hojas y flores, descubre a su vez, un mapa humano, un lenguaje forjado en el silencio del tiempo. “De la piedra a tus ojos ascienden las leyendas/ y en mil leguas de hierba canta el verde su Ilíada”, traduce la perplejidad del explorador: una historia que se entrelaza con el mito y la leyenda. En ese peregrinaje Humboldt mira el cielo y la tierra, el milagro paralelo de los astros y las montañas. Y el poema de Ospina culmina con esta percepción de cómo los habitantes ascienden por esas montañas en mulas, sin otra brújula más que los astrolabios, entre densas vegetaciones, y la sensación de que el alma humana ha pervivido a lo largo de siglos entre esos territorios vírgenes: “Yo busco, rueda el tiempo, duele en malva la roca/ remontan las cornisas mulas con astrolabios/ y si afuera hunde el alma sus túneles de siglos/ adentro hay selvas quietas devorando distancias”.

Epílogo

De repente, me llaman dos amigos confinados en Turbaco, en el antiguo paisaje explorado por Humboldt. Uno de ellos descansa bajo la sombra de los caracolíes, tal vez caracolíes de la misma estirpe de los que vio el científico alemán. Pienso en William Ospina para contarle esto, pero he cometido la infidencia de escribirlo.

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