Tan pronto el alemán Marcel Kittel daba el golpe de riñón para cerrar con victoria parcial la última fracción de la Vuelta a Francia, al unísono centenares de boyacenses agolpados en el parque principal del municipio de Cómbita alzaban los brazos para celebrar la proeza de su coterráneo Nairo Alexánder Quintana en el certamen ciclístico por etapas más importante del mundo.
Y, enseguida, los infaltables voladores que animan las fiestas tradicionales de los pueblos boyacenses se elevaron a lo más profundo del cielo azul de los combitenses, y con su estruendo aumentaba la algarabía de los asistentes.
Después, los padres del ídolo del ciclismo colombiano –Don Luis y Doña Eloísa-, acompañados de sus cinco hijos, hermanos, tíos y primos se fundieron en un solo abrazo y con la mirada en el cielo para darle gracias al Altísimo.
Era el momento justo en el que su señora madre, devota de la Virgen del Milagro, le daba gracias a la patrona de la Fuerza Área Colombiana y de los golfistas, a quien muy temprano este domingo había visitado en compañía de su familia en la iglesia de El Topo, en Tunja, en donde se venera su imagen.
Postrada ante la imagen milagrosa, doña Eloísa le había pedido con todo el corazón que le ayudara a su hijo y que le diera "todas las fuerzas necesarias para terminar la Vuelta”.
A medida que transcurría la ceremonia de premiación en los Campos Elíseos, en París, los vítores, los aplausos y las muestras de cariño hacia Quintana iban en aumento.
Los corazones empezaban a latir y tuvieron su primera gran emoción cuando sus leales seguidores observan al pequeño gigante Nairo Quintana subir a la tarima especial de premiación a reclamar su blusa blanca, que lo identifica como el mejor de los neoprofesionales en la versión número cien de la ronda gala.
Ya en 1987 el también boyacense Fabio Enrique Parra, y en 1990 el risaraldense Álvaro Mejía habían conseguido enfundarse la franela como ganadores de la especialidad de los más jóvenes del Tour.
Si bien el viento golpeaba con más fuerza de lo habitual, y el frío empezaba a entumecer los huesos, la gente seguía impávida frente a la pantalla gigante viendo los detalles que la organización tenía preparada para darle gran colorido y belleza como telón del certamen francés.
La expectativa era enorme por verlo, ahora, luciendo la tradicional camisa con las pepas rojas que identifica al ganador de los premios de montaña.
Fueron segundos nada más para verlo transformado en su indumentaria. Por segunda vez, Nairo con su blusa azul y oscura de Movistar extiende los brazos para que le pongan la emblemática franela como rey absoluto de los Pirineos y Alpes franceses.
Entonces, la algarabía es total pues todos quieren ingresar a la casa del nuevo fenómeno del pedalismo mundial. La música carranguera no se hace esperar y los compositores de ocasión empiezan a sacar las primeras tonadas en el que se menciona la hazaña del hijo de Cómbita.
Pero faltaba el último y más importante episodio, con el que se llegaría al éxtasis. Aparecía Nairo con su sonrisa blanca y brillante, brazos en alto y con la certeza de ocupar el segundo lugar en el podio de la gran bouclé. Al centro, el campeón británico con el maillot amarillo y a la izquierda, el español le hicieron compañía.
Otra vez, el frenesí alcanzó su punto más alto. Los gritos y las arengas por la gesta se volvieron eternos. Los abrazos iban y venían, acompañado de la estrechada de manos en símbolo de amistad y afecto. Y no podían faltar las lágrimas que se descolgaban con facilidad por la piel cobriza y quemada de los nacidos en las breñas de la altiplanicie boyacense.
Al final, no importa de dónde sea Nairo Alexander Quintana Rojas. Si es de Tunja (allí nació en el hospital San Rafael), si es de Cómbita (patria chica que lo vio crecer) y si es de Arcabuco (donde hizo sus estudios y guarda los mejores recursos de su infancia y adolescencia), lo único cierto es Colombia ya tiene con quién ganar un Tour de Francia.
Ahora, los familiares cuentan las horas y los días para tener de nuevo a Nairo Alexander en sus parcelas quien, seguramente, lo primero que le pedirá a su madre Eloísa es que le prepare un exquisito sancocho de gallina como tan sólo ella lo sabe hacer, uno de los bocados favoritos del rey de la Montaña del Tour de Francia.

