Los menores de edad y las personas mayores se asemejan en una cosa: ambos se encuentran en un estado de relativa indefensión. Unos aún no saben defenderse solos, otros poco a poco van perdiendo la capacidad de protegerse. Necesitan de cuidadores, sean estos familiares o agentes del Estado y del sistema de salud. Esa condición de dependientes los deja más expuestos que otros grupos etarios a los accidentes, los abusos, los traumas y las enfermedades; condiciones perfectas para que experimenten o desarrollen episodios y trastornos depresivos. Puede leer: La depresión, un problema prioritario en Latinoamérica.
Clasificación
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), la depresión “es distinta de las variaciones habituales del estado de ánimo y de las respuestas emocionales breves a los problemas de la vida cotidiana” y se divide en dos, el trastorno depresivo recurrente y el trastorno afectivo bipolar.
El primero se caracteriza por la “pérdida de interés, de la capacidad de disfrutar, reducción de la energía, disminución de la actividad, ansiedad, alteraciones del sueño y del apetito, sentimientos de culpa, baja autoestima, dificultades de concentración e incluso síntomas sin explicación médica”. El segundo, por la alternancia entre “episodios maníacos, depresivos y de un estado de ánimo normal. Los episodios maníacos, a su vez, van acompañados de irritabilidad, hiperactividad, logorrea, autoestima excesiva y disminución de la necesidad de dormir”.
Síntomas
En los adultos mayores, la depresión tiende a darse ante “experiencias como el dolor por la muerte de un ser querido o un descenso del nivel socioeconómico como consecuencia de la jubilación. Muchos, además, se ven privados de la capacidad de vivir independientemente por dificultades de movilidad, dolor crónico, fragilidad u otros problemas mentales o físicos. Todo lo anterior les lleva a experimentar aislamiento, pérdida de la independencia, soledad y angustia”, explica la psicóloga Sumaya Palomino Amador.
Entretanto, los niños y adolescentes se ven afectados no solo por enfermedades visibles o situaciones ya conocidos como el matoneo, la violencia doméstica, los cambios repentinos de ambiente o la inseguridad a la hora de resolver conflictos, sino también por factores genéticos que los predisponen al pesimismo y a distorsionar la realidad de un modo desfavorable. De acuerdo con Palomino, se trata de jóvenes para quienes los comentarios y las ocurrencias más pequeñas se pueden convertir en un mundo de preocupaciones.
En términos generales, no se puede dejar de mencionar los estragos de eventos como la pandemia de la COVID-19 y, en el caso específico de Colombia, las secuelas del conflicto armado.
Prevención
Debido a la multitud de factores que pueden influir en el desarrollo de la depresión, evitarla va desde fortalecer los servicios del sistema de salud (en lo mental y físico), facilitar el acceso al mismo y enseñar a los padres a reconocer los síntomas, hasta tomar medidas para disminuir la pobreza que, en muchas ocasiones, se convierte en el principal desencadenante de la inestabilidad en el hogar. En el caso de las víctimas de eventos como el conflicto armado, es necesario crear redes y servicios para ayudar con el tratamiento del síndrome de estrés postraumático.
Es importante recalcar que entre más compenetrada sea una sociedad o un grupo, es menos probable que sus miembros atraviesen por episodios depresivos o que estos tengan un impacto prolongado. A nivel individual, la psicóloga Palomino recomienda lo siguiente: “1) reconocer los emociones propias y aceptar cuando se está triste o enojado, 2) realizar actividades que sean placenteras y gratificantes, 3) mantener el contacto con los seres queridos, 4) tratar de ver el lado positivo de las cosas, 5) ser amable con uno mismo y con los demás y 6) no descuidar la salud propia”. Le puede interesar: Tratando la ansiedad y la depresión.
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