comscore
Farándula

Otto Pacheco: de vender frutas en la playa a cumplir su sueño de ser tatuador

La historia de Otto Pacheco, tatuador cartagenero, demuestra cómo la constancia, la disciplina y la pasión pueden convertir los sueños en realidad.

Otto Pacheco: de vender frutas en la playa a cumplir su sueño de ser tatuador

Otto Pacheco, tatuador cartagenero. //Fotos: Cortesía- Álvaro Rudas.

Compartir

La promesa que cambió mi vida no nació de una humillación ni del deseo de demostrarle algo a alguien. Nació frente al mar. Mientras veía los yates salir cargados de turistas, yo imaginaba otra escena: algún día quería estar allí, pero no como espectador, sino como un artista que pudiera recibir a sus propios clientes. Aquella imagen se quedó conmigo y terminó convirtiéndose en una promesa silenciosa. Una promesa que empezó en un barrio humilde de Cartagena y que, con los años, fue tomando forma entre dibujos, tatuajes, trabajo y sueños.

Mi nombre es Otto Pacheco, tengo 24 años y nací en el barrio Mirador de la Bahía, sector Henequén, en Cartagena de Indias. Cuando recuerdo mi infancia no pienso únicamente en las dificultades. Pienso también en mi familia, en mi abuelita y en todo lo que aprendí de ella. Fue una mujer muy querida, de esas personas que dejan una huella profunda sin necesidad de grandes discursos. Nunca permitió que pasáramos necesidades y me enseñó, con su manera de vivir, que la humildad, la disciplina y la honestidad podían ser herramientas para salir adelante.

A los siete años comencé a trabajar. En Henequén era común encontrar familias dedicadas al reciclaje, y yo empecé a recoger latas, cartón y otros materiales que podían aprovecharse. Era pequeño, pero poco a poco fui entendiendo el valor de cada jornada y de cada esfuerzo. Después de esas labores todavía encontraba fuerzas para entrenar boxeo en el Bernardo Caraballo. Allí aprendí a ser disciplinado, a resistir el cansancio y a mantener la mirada puesta en lo que quería conseguir. Mi infancia estuvo marcada por el trabajo, pero también por una esperanza que nunca desapareció.

Con el tiempo llegó uno de los momentos más difíciles de mi vida. Mi abuelita enfermó de cáncer y su partida dejó un vacío enorme. Después de su muerte me fui a vivir con mi mamá. Ella trabajaba limpiando casas y oficinas para sacar adelante a nuestra familia. Verla esforzarse también se convirtió en una enseñanza. Yo entendía que cada persona en mi casa estaba aportando algo para construir un futuro mejor, y esa idea me acompañó mientras buscaba mi propio camino.

A los quince años apareció el dibujo. Comencé llenando mis cuadernos de bocetos, dejando que las hojas se convirtieran en el lugar donde podía expresar todo lo que llevaba dentro. En ese proceso apareció el profesor Flores. Él creyó en mi talento y me animó a estudiar en Bellas Artes. Incluso, cuando no tenía dinero para asistir, me ayudaba con los pasajes.

Para mí, aquello significó mucho más que una ayuda económica: fue la primera vez que alguien ajeno a mi familia me hizo sentir que lo que hacía podía convertirse en algo grande.

Después descubrí el mundo del tatuaje. No tenía dinero para comprar una máquina profesional, así que fabriqué una con un lapicero. Era una herramienta sencilla, lejos de los equipos que imaginaba tener algún día, pero para mí representaba una oportunidad. Era la manera de convertir una pasión en una profesión. Al mismo tiempo, para ayudar en casa, vendía frutas cerca de la playa.

Y allí volvía a encontrarme con el mar y los yates. Mientras trabajaba, los veía pasar y mi imaginación hacía el resto: pensaba que algún día mi arte podría llevarme hasta ese lugar que, por entonces, parecía tan lejano.

Como muchos jóvenes, también atravesé momentos difíciles y tomé decisiones equivocadas.

Otto Pacheco alcanzó con esfuerzo y constancia sus logros. //Foto: Cortesía Otto Pacheco
Otto Pacheco alcanzó con esfuerzo y constancia sus logros. //Foto: Cortesía Otto Pacheco

Sin embargo, no me quedé allí. El amor de mi mamá, el recuerdo de mi abuela y las ganas de construir una vida diferente me hicieron regresar al camino que quería. Poco después conocí a la mujer que hoy comparte mi vida. Ella creyó en mí desde el principio. Empezó a grabar videos, a mostrar mis tatuajes y a publicarlos en redes sociales. Lo que al comienzo parecía una forma sencilla de enseñar mi trabajo terminó convirtiéndose en una herramienta importante para hacerlo crecer.

Vivíamos en un espacio muy pequeño, pero el tamaño del lugar nunca fue proporcional al tamaño de nuestros sueños. Cada cliente que llegaba significaba una oportunidad para seguir aprendiendo, mejorar mi trabajo y conseguir nuevos proyectos. Cada peso que lograba ahorrar empezó a tener un significado distinto. Ya no lo veía solamente como dinero para gastar, sino como una posibilidad de invertirlo nuevamente en mi oficio. Así fui entendiendo el emprendimiento: trabajar, guardar, invertir y volver a trabajar para que el esfuerzo pudiera multiplicarse.

El sueño de Otto Pacheco se materializó

A los 21 años conseguí abrir mi primer estudio de tatuajes. Recuerdo ese momento como uno de los más importantes de mi vida. No se trataba solamente de tener mi propio espacio; era mirar hacia atrás y pensar en aquel niño que había comenzado a trabajar a los siete años, en los cuadernos llenos de dibujos, en el profesor que creyó en mi talento, en mi mamá, en mi abuela y en todas las veces que tuve que empezar de nuevo. Por primera vez sentí que muchos de aquellos sacrificios comenzaban a convertirse en algo concreto.

Después llegaron más clientes y nuevas oportunidades de emprendimiento. Con ellos también vinieron mi primera moto, mi primer carro y la posibilidad de recuperar la casa que había pertenecido a mi abuela para reconstruirla. Las redes sociales dejaron de ser únicamente un lugar para publicar fotografías o videos y se transformaron en una herramienta para mostrar mi trabajo, conectar con clientes y construir una actividad económica alrededor de mi pasión. El tatuaje dejó de ser solamente aquello que me gustaba hacer y comenzó a convertirse en un negocio sostenible.

Hoy muchas personas me conocen por mi trabajo como tatuador y creador de contenido. El yate también llegó, pero mucho después. No fue el punto de partida ni el objetivo principal de mi historia. Para mí, representa el resultado visible de años de disciplina, perseverancia y amor por el arte.

Cuando vuelvo la mirada hacia aquellos días en los que trabajaba, entrenaba, dibujaba y vendía frutas cerca de la playa, entiendo que aquella promesa frente al mar no se cumplió de un momento para otro. Se fue construyendo poco a poco, con cada decisión, cada cliente, cada dibujo y cada oportunidad.

Otto Pacheco, tatuador cartagenero. //Fotos: Cortesía- Álvaro Rudas.
Otto Pacheco, tatuador cartagenero. //Fotos: Cortesía- Álvaro Rudas.

Mi historia comenzó en Henequén, pero nunca sentí que Henequén tuviera que ser el límite. Allí aprendí a trabajar, a valorar a mi familia y a creer en lo que podía hacer con mis propias manos. Si algo quisiera que quedara después de contar mi historia, es esto: el lugar donde nacemos explica de dónde venimos, pero no decide hasta dónde podemos llegar.

Siga las noticias de El Universal en Google Discover
Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News