Hacer volar a Remedios la Bella fue una de las escenas más difíciles de escribir en Cien años de soledad, según contó el propio Gabriel García Márquez en una carta dirigida a Plinio Apuleyo Mendoza.
La escena fue recreada magistralmente por la joven actriz cartagenera Daniella Reyes, de 29 años, en la serie de Netflix. Encarnar a Remedios la Bella representaba un desafío: su belleza perturbadora bastaba con su presencia o con su silencio.
En la novela, Remedios está rodeada por un halo fatídico, pues los hombres que intentan seducirla o pretenderla terminan muriendo trágicamente. Así ocurre con el forastero que, después de verla, le suplica que se case con él. El hombre sube al techo del baño donde ella se encuentra, retira una de las tejas y le ruega que le permita enjabonarle la espalda. Remedios, imperturbable ante el asedio y ajena al impacto que provoca su propia desnudez, ignora la súplica. Poco después, el enamorado cae desde las tejas podridas, se rompe el cráneo y muere. En la obra, quienes la desean parecen quedar condenados por esa fascinación.
La recreación en Netflix de esa presencia inevitable de Remedios la Bella, ya sea cuando va a misa o se acerca a las plantaciones de banano, resulta contundente. La joven se pasea desnuda por la casa, mientras el coronel Aureliano Buendía y Úrsula Iguarán la perciben como una reserva de paz dentro de una estirpe condenada a la soledad, marcada por la búsqueda del poder, el desatino de la guerra y el delirio de los amores imposibles. Remedios incluso se rapa el cabello para intentar alejar a los hombres, pero ni siquiera así logra escapar de la fascinación que despierta. Su belleza se vuelve aún más implacable y perturbadora.

Ella es ‘Remedios la Bella’ en la serie de Netflix
Daniella Reyes, esbelta, de ojos verde azulados, piel dorada y mirada envolvente, consiguió encarnar a Remedios la Bella desde sus silencios enigmáticos y su misteriosa sensualidad. Ese era uno de los grandes desafíos del personaje.
García Márquez confesó en aquella carta a Plinio que logró elevar a Remedios la Bella al cielo gracias a los recursos inesperados de la poesía. No bastaba con que el viento sacudiera las sábanas que Amaranta ponía a secar en los alambres del patio, ni con que la brisa de la tarde arrastrara las últimas voces de los pájaros.
A la manera de Melquíades, quien sostenía que todas las cosas tenían vida propia y solo era necesario despertarles el ánima, García Márquez pareció insuflarle vida al viento. Entonces este sacude las sábanas, envuelve a Remedios y la eleva al cielo, más allá de donde alcanzan las palabras y la memoria de los pájaros. Ese recurso poético de la levitación y el ascenso al cielo ha dado lugar a numerosas interpretaciones. Algunos han visto en él incluso un posible guiño bíblico a la ascensión de la Virgen María.
Pero el escritor buscaba, ante todo, que Remedios volara con la misma naturalidad con la que su abuela, Tranquilina Iguarán, contaba los acontecimientos sobrenaturales.
Y es que volar, en el Caribe, puede tener muchos significados. Cuando alguien “voló”, simplemente pudo haberse ido a un lugar impredecible. Para un traductor europeo quizá resulte difícil comprender que en nuestra infancia dormíamos sobre camas de viento, de lienzo o de tijera, o que almorzábamos un arroz volado mientras escuchábamos La casa en el aire, de Rafael Escalona.
Todo ello demuestra que volar no es solamente una metáfora poética, sino también una manera de imaginar y nombrar el mundo en el Caribe. Volar habita nuestros sueños, nuestros deseos y nuestra forma de contar la realidad.

