Columna

El lenguaje del rabo de paja

“Se dedican a pisotear al rival en lugar de desglosar propuestas. Es la política del grito ensordecedor...”.

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En democracia, el voto es el ejercicio más sagrado de libertad. Que cada ciudadano elija a quien prefiera, que apoye los ideales que le dicten su conciencia o su realidad, es un derecho indiscutible. Si alguien resulta electo, se asume y se respeta; así funciona el contrato social. Sin embargo, hay una línea roja que los políticos actuales están cruzando con una ligereza alarmante, el uso del vocabulario como arma de degradación en lugar de herramienta de construcción ciudadana.

Es indignante observar cómo figuras que han ocupado o aspiran a ocupar altos cargos —a nivel distrital, departamental o nacional— deciden “acercarse al pueblo” mimetizándose con sus dolores de la peor manera. Se dirigen a una ciudadanía que, muchas veces por falta de recursos y ante la desesperanza, intenta ahogar sus penas en el ron, en el grito herido o en el silencio corrosivo del hambre. En lugar de ofrecer liderazgo, estos políticos pretenden validar su cercanía adoptando un lenguaje que no es el adecuado para una campaña seria. No se ayuda al necesitado hablando peor que él; se le ayuda ofreciendo soluciones que lo dignifiquen.

Nuestro alfabeto es vasto y generoso. Contamos con sinónimos y palabras cargadas de conocimiento que podrían usarse para expresar convicciones y explicar programas de gobierno con absoluta claridad. El pueblo somos todos, y merecemos ser invitados a decidir nuestro destino mediante la razón, la altura moral y la convicción, no mediante el espectáculo del insulto que hoy impera. No es necesario patear ni trapear con nuestro idioma para demostrar cercanía. Al contrario, la verdadera empatía radica en tratar al otro con el respeto que su condición humana exige, no en igualar su frustración con la grosería y el desparpajo de quien se cree intocable.

Hoy, las campañas parecen un torneo de señalamientos vacíos. Se dedican a pisotear al rival en lugar de desglosar propuestas. Es la política del grito ensordecedor, culpar al de enfrente sin atreverse a mirarse al espejo. Olvidan estos candidatos que, en la vida pública, casi todos tienen “rabo de paja”. Cuando el pasado es cuestionable, la prudencia y la humildad deberían ser la norma, pero vemos lo opuesto, voces alzadas que ocultan la falta de soluciones reales bajo una cortina de humo de ataques personales.

Hago un llamado urgente a la cordura y al respeto por el elector. La política debe dejar de ser un intercambio de ofensas para volver a ser el escenario de los planes de gobierno. Queremos saber qué van a hacer y cómo pretenden mejorar nuestras vidas. La palabra es el reflejo del pensamiento; si su lenguaje es pobre y violento, es inevitable concluir que sus ideas también lo son. Respeten al pueblo, respeten nuestra inteligencia y demuéstrennos que tienen la altura necesaria para gobernar nuestros destinos.

*Escritora.

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