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La historia de los 59 colombianos presos en Venezuela durante la dictadura de Maduro

Las liberaciones de presos políticos en Venezuela, en 2026, reviven este relato dramático protagonizado por un grupo de colombianos capturados injustamente durante la dictadura de Nicolás Maduro.

La historia de los 59 colombianos presos  en Venezuela durante la dictadura de Maduro

FOTO: ILUSTRACIÓN

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La rutina… pues la rutina era esperar. ¿A qué?, a ir al baño en un balde, a la única comida del día. Esperar al día de visitas, a sus abogados, esperar noticias… En la comisaría de policía de La Yaguara (Caracas - Venezuela) era una especie de limbo. No era una de las temidas cárceles de Venezuela, pero sí hacía las veces de cárcel improvisada.

‘Los 59’ colombianos solo esperaban un milagro. Esperaban libertad. Era tanto el tiempo juntos que Germán Espitia empezó a sentir que todos allí eran sus hermanos. Soñaba todos los días con que el infierno de La Yaguara acabara y con volver a casa. Soñaba con ese día: el 5 de septiembre de 2016, cuando precisamente regresaba a su hogar y un retén de la División Contra la Delincuencia Organizada de la Policía Nacional Bolivariana se cruzó en su camino.

No era sospechoso de nada. En sus manos tenía su cédula de Venezuela y su permiso de residencia. Todo en regla, relató. Eso realmente no importó. Igual lo detuvieron. “Es una inspección de rutina, en media hora estarás en tu casa”; él, inocente, confió en las palabras de los oficiales. No tenía más opciones. En realidad, el significado de rutina tendría una connotación más escabrosa y cercana a una pesadilla con ecos tormentosos. (También te puede interesar: El Helicoide: del símbolo de progreso al cruel epicentro de la represión chavista)

Se avecinaba un calvario

Antes de llegar a La Yaguara, Germán fue llevado a una estación de Policía en Maripérez, una zona del centro-norte de Caracas. Ahí cayó en cuenta de una cruda verdad: en el vehículo de servicio público donde regresaba a casa hubo otros dos detenidos también colombianos, así como muchos otros con los que se encontró en aquella estación: colombianos que vivían en Venezuela, legal o ilegalmente.

En principio, los 30 minutos de la inspección de rutina se convirtieron en horas. Debía esperar a funcionarios del Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería (Saime) para que verificaran sus documentos. Solo hasta el mediodía siguiente apareció el Saime y, contrario a buenas noticias, hubo desesperanza. “Eso es inválido, eso no sirve”, dijeron, desacreditando la cédula de Germán. En esa confusión gigantesca fue aquella otra cosa que escuchó decir a un policía la que le despertó un profundo desespero. “Ustedes son los 92 sala’os que mandó a capturar el presidente Maduro”.

El clima político en Venezuela, en 2016, era álgido. El entonces presidente Nicolás Maduro anunciaba como un logro bolivariano la captura de 92 colombianos en diferentes redadas, a quienes acusaban de ser paramilitares, de ‘conspirar’ contra su gobierno y de un intento de golpe de Estado contra el Palacio de Miraflores. Los 30 minutos de inspección de rutina se convertirían ahora en meses.

Una falsa promesa

Antes de ser llevados a La Yaguara, los colombianos detenidos pasaron varios días bajo sol y agua, en una azotea en Maripérez; los trataban como a delincuentes, contaron. Y en ese sitio una opción de libertad se dibujó en su horizonte: la deportación. Para muchos era preferible eso a ser apresados en Caracas. Llegaron incluso a ser trasladados hasta el Estado de Táchira, pero el trámite se suspendió sin explicaciones.

Debían armarse de paciencia y esperar noticias. Entonces los apresaron en una estación de policía de Táchira por 10 días y llegó una nueva promesa. “Nos dijeron que todo había sido un error, que a quienes quisieran volver a Caracas les darían cédulas venezolanas, si no tenían, y nos dejarían libres”, es el recuerdo de Germán. La promesa fue tan cierta como que el procedimiento de rutina duraría 30 minutos. A su regreso les esperaba La Yaguara y el encierro.

Un galpón con camas divididas por cortinas de sábanas, en un piso completo, sería su hogar. Ahí esperarían hasta que alguien los salvara. Era tanto tiempo juntos que Germán empezó a sentir que todos ahí eran sus hermanos. “El dolor de uno era el dolor de todos... La alegría, igual”. Poco a poco se enteró de que la mayoría de los detenidos eran de la Costa Caribe de Colombia, inclusive del municipio de Marialabaja, como él.

Germán había llegado a Caracas a los 17 años para reencontrarse con su mamá y sus hermanos, que emigraron hacia ese país mucho antes. Al ser detenido tenía 15 años viviendo en Venezuela. Trabajó primero en el Mercado Central de Caracas, luego en una de las ‘Misiones’ del presidente Hugo Chávez, como entrenador deportivo para dos equipos de béisbol. (También te puede interesar: El Gobierno venezolano excarcela a un dirigente clave de la oposición)

En aquel galpón conoció a una nueva familia de hermanos colombianos. Entre ellos, Helen, la única mujer entre los detenidos. Era una joven de Bogotá que creció y se crió en Caracas; la detuvieron mientras pasaba unas vacaciones en la Isla Margarita, porque no tenía cédula venezolana. Los agentes venezolanos le dijeron inicialmente que debía resolver su estado de indocumentada, luego la acusaron de ser paramilitar.

Mientras, afuera, en una Venezuela caótica, llovía la escasez, el hambre y la desesperanza de la dictadura; dentro de la comisaría de La Yaguara no escampaba. Aunque… sí, había momentos de alegría, desde el encierro. Algunos de los detenidos se convirtieron en padres, y eso era motivo de dicha, igual que cuando cumplían años, cuando llegó la Navidad y el Año Nuevo. Pero también había mucha tristeza, ante humillaciones de los policías: “Ustedes están aquí por orden de Maduro... no se van de aquí hasta que se vaya Maduro”.

Los baños se dañaron a los pocos meses y debían usar baldes. El derecho solo a una sola comida los dejaba a merced del hambre. Les desesperaban esas buenas noticias que nunca llegaban.

El trofeo de aquella visita

Un día, Germán recibió una visita que lo dejó tan triste como contento. Con un nudo en su garganta solo dijo: “Gracias”. El colombiano recibía a Los Orioles, un equipo capitalino de béisbol infantil. Ganaron un torneo y decidieron llevarle aquel trofeo. Aunque detenido, lo merecía tanto como ellos. Él solo lloró, lloró y se sintió feliz. De hecho, ahora, cuando recuerda toda esta historia, Germán llora. Se le entrecorta la voz, para de hablar y traga en seco. “Fue muy difícil para mí no haber estado ahí, en ese triunfo, porque había trabajado todo un año para eso, estaba feliz por ellos, pero también muy triste. Lloré mucho”, dijo. Él era el entrenador del equipo y ese 5 de septiembre, cuando lo detuvieron, regresaba de un entrenamiento.

De 92 a 59

Mientras algunos detenidos se fugaron de La Yaguara, otros fueron excarcelados por diferentes motivos hasta reducirse a 59 detenidos. En esa espera, en noviembre de 2017, el Tribunal 17 de Control de Garantías de Caracas ordenó liberar a los colombianos, porque no había motivos para mantenerlos presos. Sin embargo, el Tribunal Supremo de Justicia luego se opuso a ello y decretó que debían seguir encerrados.

En 2018, la Comisión contra la Detención Arbitraria de la ONU emitió un dictamen a favor de los detenidos. La comunicación solicitaba su libertad inmediata. En respuesta a ello, solo ocho días después, el Gobierno de Venezuela los presentó en una audiencia y les imputaron los delitos de terrorismo, asociación para delinquir y falsedad en documentos. “Después de eso el mundo se me fue abajo, duré cinco días sin comer”, recordó Germán.

‘Los 59’, como comenzaron a conocerse mediáticamente, nunca tuvieron un juicio ni fueron condenados por algún delito. Aun así, estuvieron 34 meses detenidos. Tras la visita humanitaria a Caracas de Michelle Bachelet, Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, quien medió en la situación, el gobierno venezolano decidió liberarlos. El 29 de junio de 2019 fueron excarcelados y deportados a Colombia. “Cuando nos dieron la noticia pensamos que no era verdad, nos llenamos de alegría, pero también de llanto. Efectivamente, éramos libres”, afirmó Germán.

***

Germán regresó a Colombia, a Cartagena. En el estadio de sóftbol del barrio Los Caracoles se ilusionaba al mirar a los equipos de béisbol de niños venezolanos y colombianos, y buscaba la forma de integrarse. En ocasiones sus ilusiones se iban al suelo al recordar que no tenía trabajo, que muchas veces debía volver caminando a su casa en el barrio Ceballos y esperar a encontrar la manera de recuperar el tiempo que él y sus sueños habían perdido en la pesadilla de la injusticia. Lo importante era que ya había despertado.

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