Mundo


Navid, el afgano que busca salvar a su familia desde Roma

Una vez al día y por tanto solo un minuto Navid, un joven afgano de etnia Hazara, logra entrar en contacto con su familia. No halla noticias alentadoras, solo desespero y dolor.

Por Diana Agámez Pájaro

Como armando un rompecabezas cuyas figuras están hechas de tiempo, así se encuentra Navid, un joven afgano de etnia Hazara residente en Roma, Italia. Él llegó a Europa en 2011. Tenía 15 años. Llegó solo. Después de viajar durante un año. Llegó para construir su propia historia y ayudar a los suyos a construir una nueva. No les dio tiempo. Navid estaba comenzando los trámites burocráticos para sacar una parte de su familia de Afganistán, pero no les dio tiempo.

La velocidad de la guerra no conoce el tiempo del amor ni de las visas. Desde el 16 de agosto una vez al día logra entrar en contacto con su familia y puede hablar no más de un minuto. Por esto, cada día, de a pedacitos, Navid va reconstruyendo que la casa de su hermano Farid* (que trabajaba como cocinero y militar en el Ministerio de la Defensa) fue allanada por miembros del talibán, que sus pasaportes y pertenencias fueron secuestradas; que Farid y su mujer fueron golpeados brutalmente, que sus hijas adolescentes se esconden en un lugar no identificado bajo tierra. Enterradas vivas. Kamila, Saliha, Fatima, Darya, Layla, Atifa y Salima casi ya no tienen voz para contar lo que están viviendo y el hecho de que están bajo tierra dificulta que la señal del teléfono llegue correctamente y sus voces puedan escucharse nítidamente.

Una vez al día y por menos de un minuto, Navid escucha a su hermano que le cuenta que desde hace siete días tiene que vivir con la puerta de casa abierta 24 horas.

Una vez al día, Navid puede escucharles y en menos de un minuto deben resumir todo lo que allí pasa: el miedo, el dolor, la incertidumbre de no saber qué pasará con sus vidas ahora que el régimen talibán se impone como forma de gobierno en Afganistán. Ahora, que ellos como civiles son las primeras víctimas de una guerra que no comparten, que no quieren pero de la que tienen que defenderse como puedan. Ahora, que se renueva la amenaza a los derechos de la mujer en un país que estaba iniciando a reivindicarlos. (Lea aquí:ISIS se atribuye ataques con bomba en Afganistán)

Esta crónica no alude a razones políticas. Habría que escribir demasiado. Habría que desmontar demasiados juegos de poder alrededor de la historia entre Afganistán y Occidente. Habría que recordar que una de las principales razones del conflicto en esa parte del mundo deriva de la producción y tráfico de opio, un producto altamente consumido en Occidente. De esto poco o nada se dice. Esta crónica no alude a razones políticas. Esta crónica la escribo desde la emergencia.

Navid, el afgano que busca salvar a su familia desde Roma

Los afganos luchan por llegar a las fuerzas extranjeras para mostrar sus credenciales para huir del país frente al Aeropuerto Internacional Hamid Karzai, en Kabul, Afganistán, el 26 de agosto de 2021.

Voy a contar lo que conozco de primera mano gracias a mi trabajo como mediadora intercultural y lingüística. Con el permiso de Navid, voy a contar una parte de su historia en la que se reflejan miles de historias de hombres y mujeres, afganas y afganos que sueñan con tener derecho a vivir y después ya con ese derecho garantizado sueñan con una vida normal, estudiar, tener un trabajo, una familia, crear y participar activa y constructivamente en su sociedad. Muy parecido a lo que ha pasado en Colombia en los últimos sesenta años, con sus diferencias; claro está. Pero si lo analizamos, los civiles en Colombia y Afganistán solo queremos y pretendemos vivir de manera digna. La dignidad es una cuestión universal y se resume tal vez en el poder practicar plenamente una palabra: libertad.

Una vez al día y por menos de un minuto, Navid habla con su familia y se entera de que un día todo iba bien y al día siguiente, “como el viento que llega de sorpresa”, habían entrado los Talibanes a Ghazni, una región habitada mayormente por la minoría étnica Hazara, históricamente perseguida por razones religiosas, políticas y económicas, la mayor parte de los Hazara profesan la religión islámica chiita.

Navid, el afgano que busca salvar a su familia desde Roma

Los afganos se reúnen frente al aeropuerto internacional Hamid Karzai para huir del país, en Kabul, Afganistán.

Una vez al día y por menos de un minuto, Navid va entrando en la realidad que vive la mayor parte de los civiles afganos que no han seguido ni siguen el régimen talibán y que, como en el caso de su familia, son doblemente perseguidos: por ser civiles y por ser Hazaras. Una vez al día y por menos de un minuto, Navid escucha a su hermano que le cuenta que desde hace siete días tiene que vivir con la puerta de casa abierta 24 horas. Está prohibido cerrarla so pena de un castigo brutal o incluso la muerte. Una vez al día y por menos de un minuto, le cuenta que otros talibanes, los pakistaníes, están entrando en el territorio de Ghazni.

La versión de esta historia y de las miles que hoy se viven en Afganistán parece interminable e incontable. En menos de un minuto al día, la familia va construyendo una estrategia para salvar lo que parece insalvable, envían documentos amarillentos que certifican la propia identidad y el vínculo familiar con Navid, con la esperanza que alguna organización internacional les pueda ayudar a salir de la desesperada situación en la que se encuentran atrapados, superar multitud desesperada alrededor del aeropuerto de Kabul y subirse a un avión con un destino desconocido pero más seguro que la propia casa. “Subirse a un avión tan grande donde quepan todas y todos aquellos que quieran irse”. (Lea tambien: Atacante de Afganistán llevaba más de 10 kilos de explosivos)

Una vez al día, se prometen que pase lo que pase Farid no se va a revelar y no lo va a hacer por el bien de sus hijas o no lo va a hacer hasta que por lo menos ellas estén a salvo.

Como ser humano y como mediadora intercultural asisto a Navid y me convierto en testigo de la historia de su familia. Lo escucho. Y escucho cómo cada vez su voz se va haciendo más afónica. “Ya no tengo más lágrimas”, me dice. Lo asisto en la redacción de solicitudes de ayuda, a contactar organizaciones humanitarias, consulados, funcionarios, activistas, ministerios; a reconstruir la historia de su familia, a pensar en una solución que parece no existir. Lo acompaño a enfrentar un trauma que va creciendo cada día, porque para él cada llamada es como si fuese la última.

El hecho de ser humanos hace que nuestras desgracias se parezcan, por eso, entre otras cosas, inventamos memes que ironizan con nuestra propias tragedias.

En la vida de Navid y de su familia me parece ver por momentos la absurda guerra que también ha vivido Colombia. Los mismos dolores y los mismos miedos. El mismo correr para esconderse entre la maleza allá, en el Cauca, en Tumaco o en El Salado, o debajo de las montañas desnudas cerca de Kabul, Herat o Jalalabab, en Afganistán. Veo también la misma esperanza que se levanta a fuerza de creer que algo va a moverse a favor de nosotros, civiles que, como siempre, somos los primeros en caer. (También le puede interesar: Las jugadoras de la selección femenina de fútbol de Afganistán logran evacuar Kabul)

Este conflicto que creemos lejano y que pensamos que no nos pertenece se nos está metiendo en la casa. El hecho de ser humanos hace que nuestras desgracias se parezcan, por eso, entre otras cosas, inventamos memes que ironizan con nuestra propias tragedias y allí en el lugar de la ironía vemos habitar lo que somos como seres humanos y todas nuestras contradicciones. Nosotros, el país de los desplazados, ironizamos con los nuevos desplazados del mundo: los venezolanos y los afganos.

¿Qué cosa son Navid y su familia?, ¿un número? No. Son una historia que hay contar y, por ello, está crónica no alude a razones políticas. Habría que escribir demasiado y no hay tiempo, hay historias y vidas que contribuir a salvar.

*Nombres cambiados.

  NOTICIAS RECOMENDADAS