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Opinión

Si todos nos convirtiéramos en niños

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La Navidad es para muchos sólo un árbol iluminado, una hilera de luces multicolores en las fachadas de las casas y un pesebre donde se reúnen a rezar la novena, repitiendo mecánicamente y sin reflexionar esos viejos textos que no despiertan fervor compasivo.
También la Navidad es relacionada con regalos, ropa nueva y perniles de pavo que se pasan con licores de toda clase, como preludio a una madrugada bailando las canciones de siempre en un eterno déja vu.
Alegría, abrazos, fiesta y regalos constituyen una época en la que lo único que no se hace con seriedad es evaluar si hemos estado viviendo conforme al rumbo que nos trazó aquel de quien celebramos su nacimiento, y que más que un acontecimiento al que recordar con alharaca y exaltación exultante, debería marcar la renovación del compromiso de basar nuestra vida cotidiana en su mensaje.
Los Evangelios Canónicos sintetizan la base de la doctrina que nos enseñó Cristo, y esta noche que nos mantenemos despiertos para esperar la llegada de ese niño que nos cambio la vida no sólo con sus palabras, sino con su ejemplo vivo y firme.
Ese niño acostado encima de la paja y la madera de un establo debería recordarnos que sólo con la inocencia infantil, con la naturalidad y asombro de los pequeños podremos llegar al corazón mismo de Dios.
En Mateo 18:3 se consigna una frase de Jesús a sus discípulos: “En verdad os digo que si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”.
¿Qué significa convertirnos en niños? Significa renunciar a la soberbia, a la autosuficiencia prepotente. Hacernos niños exige que nos abandonemos a la vida tan como es, como la ha concebido Dios, creer como ellos creen y pedir como ellos piden, despojados de codicia pero repletos de curiosidad.
Para los niños, la violencia, el abuso, la guerra, la discriminación, la miseria y muchas otros males son inaceptables, no porque lo hayan leído en los libros y lo repitan  sin pensar, sino porque lo sienten en su corazón, porque en su espíritu llevan la convicción de la vida eterna.
Por no haber aprendido aún a discriminar, a prejuzgar, a clasificar, los niños encarnan lo bueno que el mundo tiene: el amor, la generosidad, la solidaridad, la comprensión, la indulgencia y la compasión.
Ser niño es tener la mente abierta, curiosa, libre de preconceptos, ser niño es vivir en un espacio inocente, desojado de expectativas y prejuicios.
Ser niño es existir con plenitud y gozo en el presente, observar y ver las cosas “como son”, no como nuestros deseos y frustraciones quieren que sean.
Cristo nos dijo que si queríamos conocer el Reino de Dios nos volviéramos niños otra vez, que enfrentemos la vida llenos de asombro, que nos alegremos cuando nuestros amigos tienen éxito y les demos la mano cuando fracasan.
¿Por qué esta noche no seguimos la recomendación de Jesús y nos hacemos niños mientras celebramos su llegada al mundo como un niño?

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