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Opinión

Leandro, el cura y yo

Aquella mañana, el primer paciente fue el párroco del pueblo, vecino, quien padecía una enfermedad purulenta incompatible con el celibato.

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Stevenson Marulanda Plata (Fonseca, La Guajira, julio 13 de 1952) excelso cirujano, maestro ponderado, Universidad Nacional, fundador - presidente del Colegio Médico de Colombia, líder gremial y, como guajiro que se respete, no abandona su lenguaje florido, pregonero, orgulloso de germinar en tierra de cantores, líderes indomables, dignos, sobreponiéndose a perpetuos saqueos, renacen una y otra vez, como el cactus en el desierto de lágrimas y arena.

Stevenson no se dejó seducir del dulzón lenguaje bogotano y, en lugar de “Ala mi rey”, a todos nos llama “Hermanos”, convencido de que la Paz robusta e indestructible solo se alcanza cuando todos nos tratemos como iguales. Marulanda recopila historias fantásticas de su terruño y, al escucharme hablar sobre Leandro Díaz, el guajiro más luminoso de la historia, me pidió que regalara este relato que ahora comparto con ustedes.

Leandro Díaz (Barrancas, La Guajira, febrero 20 de 1928 - Valledupar, junio 22 de 2013), ser sobrenatural que desafió la lógica humana: era invidente, pero con radares a lo largo y ancho de su alma y epidermis, dotado de creatividad y sabiduría congénitas. Lo conocí en San Diego (Cesar), donde me asignaron la medicatura rural y mi tío Toño Sagbini, residente en Valledupar, me llevó a visitarlo en su muy humilde vivienda, ubicada a la entrada del pueblo. - “Compadre Leandro: aquí le traigo mi sobrino recién graduado de médico en la Universidad de Cartagena, gradúemelo usted ahora de sentimientos nobles”.

Y, por primera vez estuve frente a un ser de luz que me abrazó como si fuera su hijo. - “Las clases comienzan mañana: antes de llegar a la consulta nos tomaremos un tinto palabreando sobre la vida y la muerte; el amor y sus requiebros; la amistad sin pequeñeces”. Y así lo hice durante casi dos años y, eran tan profundas sus reflexiones que, casi siempre, la enfermera tenía que llevarme a rastra para cumplir con mis deberes de galeno.

Aquella mañana, el primer paciente fue el párroco del pueblo, vecino, quien padecía una enfermedad purulenta incompatible con el celibato. Apareció Clementina, compañera inseparable de Leandro, junto a Ivo, de pantalones cortos, voz prodigiosa, heredero de su talento musical. - “Médico, se va a enfriar el tinto”, y de inmediato el cura se dio por invitado.

Leandro nos saludó con genuino afecto, pero el sacerdote, a quemarropa, transpirando testosterona cual tigrillo viudo, rogó a Leandro presentarle a Matilde Lina y la Diosa Coronada. - “¿Usted me cree pendejo?” Respondió visiblemente enojado. - “No presento novias a ningún médico, muy escasos en estas tierras, y mucho menos a usted: no hay cura pobre”.

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