A diferencia de lo que ocurría en el pasado, cuando las ideologías humanistas dominantes —como el republicanismo, el liberalismo o el socialismo— apostaban por formar ciudadanos virtuosos, críticos y reflexivos, hoy asistimos a un fenómeno distinto. La política ya no parece interesada en individuos lúcidos, sino en electores funcionales al poder. No completamente ignorantes, pero sí lo suficientemente confusos como para repetir consignas, lo bastante ansiosos como para reaccionar antes de comprender y lo excesivamente autoconvencidos como para asumir como verdadero cualquier discurso que refuerce sus propios sesgos.
Los partidos políticos surgieron como mecanismos de representación plural, como espacios de mediación entre la sociedad y el Estado y como instrumentos para moderar la lucha por el poder. Durante décadas, cumplieron un papel esencial en consolidar la democracia liberal y en promover las virtudes republicanas. Hoy, sin embargo, buena parte de la maquinaria política —campañas, asesores, plataformas y dispositivos propagandísticos— parece orientada en una dirección distinta: no educar cívicamente, sino producir un votante más útil para la lógica del poder.
El poder teme a un ciudadano que piensa. Por eso hoy parece preferirlo cansado, sobreestimulado y políticamente excitado: masas previsibles, emocionalmente disponibles y lo suficientemente simplificadas como para confundir participación con obediencia. Se trata de un sujeto que cree que piensa y que critica, cuando en realidad solo reproduce opiniones insustanciales. Aplaude a quienes se parecen a él, insulta al bando contrario y duerme convencido de estar del lado correcto de la historia. Maquiavelo entendió algo que muchos aún se resisten a aceptar: al poder no le interesa la verdad, sino su estabilidad.
Este marco ayuda a entender el momento político actual. A diferencia de etapas anteriores —en las que la polarización, aunque intensa, no representaba un riesgo para la democracia debido a la debilidad relativa de uno de los extremos—, el escenario colombiano ha cambiado. Nos encontramos ante una polarización simétrica: una izquierda radical en el gobierno, con opciones de continuar, y una derecha igualmente radical en la oposición, con posibilidades reales de retorno al poder. En este contexto, el riesgo ya no es meramente discursivo, sino institucional.
La historia reciente enseña que la democracia no se erosiona únicamente por la acción de los extremos, sino, también, por la complacencia del centro político, de los demócratas que renuncian a pensar críticamente y se refugian en certezas cómodas. De cara a las elecciones de mayo, el desafío para el ciudadano no es solo elegir, sino hacerlo con lucidez. No basta con criticar al otro; es necesario examinar las propias convicciones, cuestionar los propios sesgos y resistirse a la lógica tribal que convierte la política en un juego de odios y de lealtades ciegas. La moderación, en este contexto, no es debilidad: es una forma de responsabilidad democrática. Y, quizá hoy, más que nunca, una forma de resistencia política.

