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Columna

Los rituales de la vida

“Y cada vez que recordamos, volvemos a sentarnos —aunque sea en la memoria— en esas tres mesas donde todo tenía sentido”.

César Angulo Arrieta

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En la casa del abuelo no se comía: se asistía a un ritual, especialmente los domingos.

Había normas que no estaban escritas, pero que nadie se atrevía a romper.

La primera era casi una ley natural: nadie se sentaba antes de que el abuelo rodara la silla para ocupar su puesto.

Su gesto era más que una rutina: era el punto de partida de todo.

Cuando él hacía ese gesto, el resto del mundo —nosotros— podía existir alrededor de la mesa.

Pero no era una sola mesa.

Eran tres, como tres estaciones de la vida.

La de los grandes, donde los tíos y sobrinos mayores hablaban de todo y se tomaban decisiones trascendentales o banales; la de los medianos, que era una antesala del mundo adulto; y la de los niñitos, donde el universo cabía en un plato y una aya vigilaba los tropiezos.

Así crecimos: entendiendo que la vida era una escalera y que la mesa del abuelo era su primera enseñanza.

Comíamos sin etiquetas de dietas, ni de colesterol, ni de ideologías alimentarias.

Se comía lo que había, y punto; lo que había era bueno.

Casi siempre carne: entre semana, lomo ancho, pollo guisado, carne deshilachada, y los domingos, con reverencia, el lomo fino.

Arroz “de palito”, ahora de fideo, yuca en su punto, tajadas de plátano maduro doradas y aquella ensalada de papa y remolacha, bautizada por algún espíritu burlón como “de payasito”.

El plato era un mapa de colores, una fiesta pomposamente humilde pero completa; era un poco de gente para alimentar de un solo “bolsillo”.

En la casa, la abuela, su corazón no estaba en la sala, sino dentro de un frízer horizontal.

No era una simple nevera: era un cofre del tiempo, con llave.

Allí dormía la leche con su toque ahumado, recién traída de la finca; la carne salada, el suero espeso y una colección de sabores que hoy serían clandestinos y condenados por los animalistas: armadillo, guartinaja, hicotea, galápago, conejo, gallina cocla, saíno y otros que no recuerdo.

Los almuerzos de domingo eran una fiesta mayor.

Tíos, primos, cuñados, vecinos: cada uno traía su risa y su historia, y el tiempo se iba sin pedir permiso.

Éramos muchos: ocho tíos, veintidós primos, una multitud que cabía en una sola casa y que hacía del ruido una forma de amor.

Hoy, cuando la vida nos ha cambiado —las familias pasaron de 9 hijos, después 4 y ahora vamos por 2—, el ritmo y los domingos ya no son tan bulliciosos. Fuimos testigos de un mundo que se transformó: las canciones mudaron, las familias se achicaron, la vida se apuró. Ahora somos menos, pero seguimos siendo los mismos, ocupando ahora el lugar del abuelo y haciendo existir a la familia.

Y cada vez que recordamos, volvemos a sentarnos —aunque sea en la memoria— en esas tres mesas donde todo tenía sentido.

Dios mío, gracias, estamos vivos.

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