Aseguraba que sería inmortal. Que la muerte no era lo suyo. Que las mujeres que pechichaba se quedarían huérfanas de afecto. Había superado sin mayores obstáculos los 90 y veía próxima la meta de su primer siglo. “Para allá voy, derechito y suelto de madrina, disfrutando esta vida como Dios manda”, decía. No le alcanzaron las fuerzas. Se desvaneció una madrugada en su tibia hamaca de lampazos, en la que había hecho feliz a muchas de sus amantes furtivas.
Nunca iba a una cita sin tener buenos pesos en los bolsillos. Aunque no los necesitara, más allá de su picardía. Ellas no le exigían. Solo agradecían sus desvelos por hacerlas felices en sus momentos de intimidad. Sus amigos, que alababan sus andanzas, no le permitían un solo gasto. Todo lo pagaban ellos, aún sus encuentros de amor en los sitios más intrincados: una mesa de billar, el agua dulce de los arroyos, un cabaret de postín, un zarzo montañero, el puesto trasero de un campero, un caballo manso, a pelo, por los montes ariscos de su comarca, su eterna hamaca en las espesuras de la madrugada.
Había sido el más diestro de los calzadores de gallos finos de las sabanas del viejo Bolívar, y reconocido en las islas del Caribe. Aprendió el oficio de su abuelo y las galleras se convirtieron en el segundo de sus pasatiempos. –“Hay dos cosas importantes en la vida- decía- las mujeres y los gallos. Si sabes combinarlas serás feliz”.
Comía de todo. No daba importancia a los carbohidratos revueltos. Del sancocho prefería la costilla más grasosa, y el primer trago de la botella de ron, cargado hasta el borde, iba siempre a su boca. “Para que después no digan que soy un gallo tapao”, advertía a sus contertulios. Era franco y sin pelos en la lengua. Un dejo de sabiduría adornaba su habla”. “No le nieguen plata al deseo. Si lo convierten en realidad, será lo único cierto que se lleven a la tumba”, decía.
Su primer ensueño de faldas le sobrevino a la más tierna edad. Una madrugada sintió que se quemaba por dentro mientras la hermosa Emperatriz Escandón, su madrina de confirmación, lo envolvía con su cuerpo desnudo, oloroso a grosellas maduradas en miel. Desde entonces no tuvo reposo en su cuerpo ni en su mente.
Cuando se le preguntaba por sus triunfos de alcoba, respondía sin afanes: “Estoy condenado al disfrute. Mi madrina me arropó con su bendición y me arrojó a los brazos del placer. ¿Qué puedo hacer? Solo regar su sabiduría. Inténtenlo ustedes”.

