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Columna

El color de una ciudad también construye su encanto

“Y cuando una ciudad gana en belleza, gana también en respeto ciudadano, en apropiación cultural...”.

José William Porras

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Cartagena no solo es murallas, balcones florecidos, cúpulas antiguas y brisa salina; también es percepción, es decir, esa primera emoción que asalta al visitante cuando siente que cada rincón conversa con la historia.

Las grandes ciudades patrimoniales del mundo han entendido que el urbanismo no consiste únicamente en tapar huecos o mejorar la movilidad. Urbanismo es, sobre todo, construir belleza. Es lograr que la técnica dialogue con la memoria y que la modernidad no irrespete el encanto de los lugares.

Hace algunos años, cuando tuve el honor de gerenciar Transcaribe, concebimos una idea que para muchos parecía menor, pero que urbanísticamente resultaba trascendental: que el primer tramo de pavimentación entre la India Catalina y la avenida Santander no fuese del gris convencional del concreto, sino del cálido color polvo de ladrillo.

No fue una improvisación estética. Se realizaron pruebas, análisis técnicos, observaciones de resistencia, comportamiento térmico y armonía visual, hasta que finalmente la propuesta fue aprobada y ejecutada.

¿La razón? Muy simple: Cartagena no podía seguir entrando a su Centro Histórico a través de un pavimento sin identidad.

Ese tono rojizo-terroso producía un efecto singular. La vía dejaba de ser una simple superficie de tránsito para convertirse en antesala visual de la ciudad amurallada. Había una continuidad entre murallas, baluartes, plazas, casonas y piso. Todo comenzaba a hablar el mismo lenguaje.

Hoy celebro que la administración del alcalde Dumek Turbay haya retomado, quizá sin proponérselo de manera expresa, esa misma filosofía urbana al rehabilitar sectores emblemáticos como el Centro Histórico y la Calle de la Media Luna, dentro de una estrategia que busca no solo mejorar la movilidad sino dignificar el entorno patrimonial de Cartagena.

La ciudad ha ganado en belleza.

Y cuando una ciudad gana en belleza, gana también en respeto ciudadano, en apropiación cultural, en turismo de calidad y en autoestima colectiva.

Por eso vale la pena hacer una reflexión que ojalá llegue a oídos de quienes hoy diseñan el porvenir urbano de Cartagena: ¿por qué no extender esta visión a todo el sector interno comprendido dentro de las murallas?

Imaginar todas las calles interiores del Centro Histórico con ese mismo color polvo de ladrillo no es un capricho ornamental. Es una decisión de identidad.

Sería convertir el piso en una pieza más del patrimonio.

Sería hacer que el visitante, desde que cruza cualquiera de los accesos, sienta que pisa historia.

Sería disminuir el impacto frío del concreto moderno y devolverle al casco antiguo una atmósfera más coherente con sus siglos.

Sería, en síntesis, vestir a Cartagena con un suelo a la altura de su grandeza.

Las ciudades memorables no se construyen solo con edificios; se construyen con detalles pensados.

Y a veces un color, cuando está bien elegido, puede hacer más por la memoria urbana que muchas estatuas.

Cartagena merece que hasta sus calles tengan acento colonial. Porque la belleza también es una forma de gobernar.

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