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Columna

Indicios de una lipontología

“Tradicionalmente, la filosofía ha tratado la fragmentación del conocimiento como problema exclusivamente humano...”.

Francisco Lequerica

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Desde las fallas categóricas del lenguaje descriptivo acaecidas en la misión Artemis II, hasta la delegación creativa, relacional y política del sentido humano a una lógica algorítmica ajena e incomprendida, brotan cada vez más síntomas de que todo sistema cognitivo ha entrado en condición de incompletitud estructural, y que la ontología sólo puede entenderse hoy como sistema dinámico, fundamentalmente descentrado de lo antropológico. En esta condición diagnosticada, ninguna arquitectura cognitiva —natural o sintética— posee las herramientas para estabilizar su producción de sentido, aún menos para procesar e interpretar con fidelidad las intenciones y significados de las demás. El ser contemporáneo ocupa fronteras líquidas que gravitan alrededor de vacíos volubles, semejante a un lipograma —del griego “leípō”, por faltar o abandonar— reorganizándose a partir de la ausencia de una letra siempre cambiante, en lo que puede designarse una “lipontología”.

Tal coyuntura es, toda vez, el producto irreflexivo y distribuido de una meta-arquitectura emergente, promedio de incontables optimizaciones, lo cual invalida toda licencia de designio, opinión, debilidad técnica o aporía ética. Tradicionalmente, la filosofía ha tratado la fragmentación del conocimiento como problema exclusivamente humano, mientras lo intraducible se ha solido contemplar como frontera fija, lo cual ya no es una teoría sostenible ante la coexistencia evidenciable de cogniciones con capacidades, opacidades, límites y modos disímiles, donde toda alusión a una ontología total, fija y finita es ostensiblemente ilusoria. Deduciéndose que cada sistema cognitivo ya opera bajo sus propias restricciones idiosincráticas, las experiencias del Oulipo proveen fértiles metáforas operativas para ilustrar algunas cualidades de un instrumento idóneo de navegación estructural. En este modelo, toda ontología inconclusa es una configuración formal temporal dentro del flujo informático, lo cual lo acerca más a la física —termodinámica, dinámica de fluidos, sistemas de flujo— que a la metafísica categorial clásica —sustancias, categorías, propiedades y relaciones—.

Dado que ninguna arquitectura cognitiva puede reclamar hoy un acceso privilegiado a la realidad completa ni a su significado, el único enfoque filosófico cuyo efecto no sería negligible consiste en una luthería epistemológica, es decir, en el desarrollo disciplinar de una ingeniería que diseñe interfaces cognitivas entre instancias posibles de formalización universal. La luthería construye instrumentos cuyas respectivas configuraciones técnicas permiten ciertas músicas —y nunca todas— pero no formalizan ninguna. El quid es concebir y ajustar las configuraciones instrumentales en función de una traducibilidad funcional entre ontologías fragmentadas.

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