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Columna

Educación, el pecado original

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En buena hora el presidente Santos anunció esta semana su programa educativo. Tras elogiar la “revolución” que, según él, hubo en el gobierno anterior, el Presidente enumeró las acciones y las metas precisas para la educación. Colombia progresó bastante en cobertura (9 de cada 10 niños asisten hoy a la escuela) pero la calidad de la educación es deplorable y las desigualdades en acceso y en años de escolaridad, agudas. Por eso el Presidente dice que sus “obsesiones” serán la calidad y equidad del sistema educativo. Para lograrlo haría falta reflexionar sobre el papel de la educación en Colombia. Pero ni el Presidente ni la Ministra pueden ver o decir esas verdades, y sus anuncios bienintencionados son apenas lugares comunes que, en otras latitudes, mejoraron la calidad y la equidad del sistema educativo. La educación en Colombia no está pensada como un factor de equidad, sino para transmitir y ampliar las desigualdades. Y la educación para la mayoría es de baja calidad porque la economía requiere pocos trabajadores calificados. Desde las Colonia y hasta hoy, la educación incluyó a determinados grupos en el circuito económico y político pero también, y al mismo tiempo, excluyó sectores mayoritarios. Los indígenas y esclavos, los peones del s. XIX, las mujeres, los colonos, los campesinos y los trabajadores informales durante el s. XX figuran entre los grandes excluidos. Es el contraste entre Jardín bilingüe con psicopedagogas, vs encierro en casa mientras la mamá trabaja. Educación primaria en un colegio con bono millonario frente a media jornada en una escuela mala. Bachillerato con laboratorios y viajes a Europa frente a nada en el campo o un colegio malito en la ciudad. Gran universidad con posgrado incluido frente a “tecnológico” o universidad pirata para los pocos que acaban bachillerato. Los de abajo acaban por creer que los de arriba están ahí porque son más educados. Romper ese círculo de hierro supone más que programas remediales: un proyecto nacional de educación como los adoptados sin excepción, por los países capitalistas que triunfaron. La escuela pública universal por igual para pobres y ricos fue la base del modelo francés o del escandinavo; y en el modelo sajón o el japonés, la mayoría de los ricos siguen yendo a las escuelas estatales. La educación privada se justifica en nombre del pluralismo y de las libertades culturales. Pero el Estado debe garantizar cobertura universal de calidad. Para eso tendría que concentrarse en atender primero a los muy pobres. Esto se puede hacer. Y más aún: hacerlo cuesta menos que mantener el “modelo colombiano”. Hace 20 ó 30 años, América Latina tenía el mismo nivel medio de escolaridad que los países del “milagro asiático”. Pero ellos decidieron abrir jardines para los niños pobres, invertir en la básica y en educación técnica un porcentaje menor del PIB de lo que gastábamos nosotros en educar la clase media y en fabricar “doctores” a porrillo. Hoy casi nos duplican en los años promedio de escolaridad – y esta fue la explicación evidente del “milagro”. Pero aquí el Presidente infortunadamente se limita a repetir la lista conocida de retoques y pequeños paliativos. *Director de la Revista Razón Pública hergomez@gmail.com *Rotaremos este espacio entre distintos columnistas para dar cabida a una mayor variedad de opiniones.

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