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Columna

¿El Estado para quién?

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En vacaciones de fin de año viajé con unos amigos a Barú. Hacía ocho años que no iba por tierra. Pensé ingenuamente que al pasar por Ararca y Santa Ana, notaría cambios positivos; el colegio de la Fundación Santo Domingo existe hace 14 años, hay un nuevo hotel, nuevas casas de recreo y más turistas. Pero al acercarme a esos caseríos, quedé atónita al ver que no sólo no habían progresado, sino que los percibía retrocediendo. Pensé que así deben ser los pueblos más pobres en África.
Sus calles, terraplenes intransitables sin alcantarillado y con olores nauseabundos; basureros por doquier con bolsas plásticas, botellas y de cuanto Dios crió, tirados en cualquier lugar. Los niños jugando en el piso entre la basura y las aguas servidas; los pobladores, bien acicalados pero indiferentes a todo lo que los rodea. Cuando me preguntaba dónde estaba el Estado, vi dos policías en moto y más adelante un puesto militar.
La conversación de esos días giró, varias veces, sobre el estado de estos pueblos y el destino de sus habitantes. ¿Qué se puede hacer? Nos preguntábamos, ¿Qué responsabilidad les cabe a ellos mismos en la perpetuidad de su miseria y atraso? ¿Por qué la educación no cambia ni un ápice su comportamiento? ¿Dónde están los que han salido del colegio de la FSD? Si creemos que la educación es la portadora de cambios en las comunidades, ¿por qué aquí no se han producido?
Discutimos, lanzamos hipótesis, buscamos razones y sin respuestas, regresamos frustrados e impotentes. Ver a ese grupo de gente maravillosa en la miseria, viviendo al lado de mansiones lujosas, sin progreso a pesar del paso del tiempo, no deja de ser deprimente, una situación que de alguna manera nos aguó la fiesta.
Al poco tiempo asistí a un foro en la UTB sobre pobreza, que contaba entre sus conferencistas con el ex ministro brasilero de política social, Dr. Patrus Ananías. Oyéndolo creí encontrar un esbozo de respuesta a nuestras preguntas.
Entre otras cosas decía que el Estado no debe llegar a las comunidades “por retazos”: los programas aislados de educación, alimentación, saneamiento, seguridad, vivienda, no logran cambios. Sólo se consiguen cuando el Estado llega como un todo, con una red de servicios que promueva una presencia  total.
Preguntaba: ¿Cómo puede concentrarse un niño en la escuela si le duele el estómago a causa del hambre? Recordé esta frase: “Los ruidos de mi estómago no me dejan oír la voz de mi profesora”. ¿Cómo puede preocuparse un ser humano por su entorno, si su prioridad está en buscar qué comer y cómo alimentar a sus hijos? Estas preguntas, me daban respuestas.
Oyéndolo también entendí, con dolor, por qué me había molestado tanto advertir que la única presencia del Estado eran los dos policías y el puesto del Ejército. Deduje que esa presencia no era para beneficio de los pobladores, sino para cuidar a los ricos del peligro que representan para ellos estos desposeídos. ¡Una situación aberrante que, de mantenerse, postergará indefinidamente el cambio social que tanto necesitamos!
En mi pasada columna escribí la palabra ablución cuando la correcta es ablación, para referirme a la mutilación del clítoris. Ofrezco disculpas a mis lectores.

*Directora del área de internacionalización de la UTB y Estudiante de literatura virtual de la UNAB

iliana.restrepo@gmail.com
 

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