No formularía yo tal pregunta si no hubiera aprendido algo de dialéctica, idealista o materialista, ni me atrevería a decirlo si no supiera que muchos las desconocen. Y porque no soy tan escaso para fungir como candidato de cualquiera de los partidos políticos que premian la no sabiduría de sus miembros con montañas de votos, creando así el universo de la nada intelectual; ni tan culto para ser rechazado por ellos y tener autoridad para criticarlos y estar vigente como miembro activo de la sociedad, apelo ahora, en medio de la soledad del soñador, al olor de la tierra desértica donde nace la maleza para cubrirme de su estéril savia y así descubrir contradictoriamente que de esa no vida a veces nacen los grandes ideales democráticos. De tal modo aflora en mí la ilusión de que algo intelectual rodea mi medianía y la defiende.
El tema de esta nota surgió en los años cuarenta del siglo XX, estudiando yo derecho. Lo causó Ramiro de la Espriella, mi brillante y alternativamente amigo y contradictor político-intelectual desde entonces, en nota escrita con el seudónimo “Bula Matari” (“el que rompe las piedras” como llamaron en el Congo al explorador Henry Morton Stanley, nombre inmortalizado por Jacob Wassermann en el libro “Bula Matari, la aventura de África”) porque de joven Ramiro se creía capaz de romperlas, tal su gran autoestima cultural, enceguecedora por el brillo de que se rodeaba para oscurecer a émulos señalándolos con aumentadas luces críticas. Por más que hiciéramos las paces, seguíamos en guerra no declarada, disparando al aire, prurito del talante controversial que nos distingue. Me acostumbré a sus irónicos dardos sabidos a trasmano y él a la persistente y pacífica seguridad mía de que no los lanzaba para herirme sino para que los demás supieran que él era capaz de discutir a toda hora. He ahí, en parte, al empinado Ramiro, a quien admiro sin responderle sus disparos que no oigo al igual que él tampoco oye los míos y con quien comparto saludos antes de que nuestras manos se resistan a estrecharse. Así nos acercamos, repelemos y respetamos.
La publicó en su columna “Las Tres Piedras” del periódico La Palabra de Cartagena y sobre mí dijo: “Ayer estaba irrevocablemente trágico inclinado contra el muro de la “Librería Pombo”. Como algún compañero le preguntara: “-¿Por qué tan nostálgico, Jaime?-”, le respondió haciendo un gesto de estudiada indolencia: “-Es que hoy soy mi anti-yo-”. Yo no sabía mucho de dialéctica entonces, porque apenas si me adentraba en los meandros del marxismo cuyos clásicos conservo junto a poetas que me hacen agradable la vida, biógrafos famosos y ensayistas que me elevan el conocimiento, después de la donación que de mi biblioteca hice a la Universidad Libre, mas ya empezaba a entenderlos. Décadas después de tal frase, dicha al desgaire, empiezo a comprender el valor científico de la expresión dialéctica “anti-yo” y a no impedir que la luna del carácter de Ramiro y su edad, mayor que la mía, y las mías, nos acerquen otra vez. Solo ahora de viejo sé que en la unidad y lucha de contrarios hay contradicciones internas, las de uno, y externas, con terceros, contenidas también en la democrática dualidad Gobierno-Oposición, “yo” y “anti-yo” del propio Estado.
*Abogado, catedrático, ex Representante, ex Senador, ex Gobernador, ex embajador ante la ONU.
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