Alguien afirmó que “La población es la causa del problema, no el mercado”. Sin estar de acuerdo, repito lo siguiente:
Finalizando 1677 un comerciante de telas, el holandés Antoni van Leeuwenhoek, pidiendo perdón a su esposa por “la retirada”, pudo observar en su mesa con lupa diminuta, que su muestra contenía millones de “animálculos” sacudiendo febrilmente sus colas. Así lo informó a la Real Sociedad de Londres.
Como sucede con frecuencia, su ocupación distaba mucho de su verdadera vocación, la microscopía que practicaba con lentes fabricados por él, lo cual le permitía tener entonces el mejor cristal del mundo. Así, con lupa artesanal en un ojo, don Antoni descubrió los espermatozoides en semen humano.
Fue entonces cuando se calculó la población humana global por primera vez, estimándose en 500 millones. Ciento cincuenta años después, cuando un científico descubrió los óvulos femeninos, esa misma población alcanzaba algo más de mil millones y en 1930 ya se había duplicado.
Imposible antes del pasado siglo que alguien pudiera ver duplicada la población mundial, pero ahora muchos la ven triplicarse y ya el año pasado éramos siete mil millones. Pasmoso aceleramiento.
Con halo apocalíptico, uno de los fundadores de la Real Academia Londinense, vaticinó que para el Día del Juicio, entonces el año 2000, que la población alcanzaría los veinte mil millones, más de lo que el planeta puede sostener pero, “como presagian las Escrituras, se desatarán guerras, grandes matanzas y demás”. Parece que en esas estamos. Pero como los presagios religiosos de fin del mundo pierden terreno, hoy se asegura que el crecimiento poblacional es un temor atávico.
En 1798 el sacerdote economista Thomas Malhtus aseguró que como la población crece a mayor velocidad que los alimentos, la regularizarán las enfermedades y las plagas como sucedía entonces, pero hoy la peste negra, el cólera, la tifoidea y las plagas están controladas y los alimentos crecen abundantes por variadas razones, además de que la ciencia médica favorece la supervivencia.
Sin importar que los glaciares se derritan, los mantos freáticos se agoten, los peces desaparezcan y el suelo sea menos fértil, anualmente tendremos que alimentar más de ochenta millones de bocas adicionales, sumadas a la increíble suma superior a mil millones que ya padecen hambre.
Aunque la explosión muestra ligero desaceleramiento, no deja de preocupar, no tanto porque vivimos más tiempo sino porque la cantidad de mujeres que están llegando a la edad reproductiva asegura su crecimiento por varios años pues, aún teniendo menos hijos que la anterior generación, en próximas décadas alcanzaremos la suma de diez mil millones o nos detendremos en ocho, si cada una de ellas sólo tiene un hijo. Todo parece vaticinar que pronto seremos no menos de nueve mil millones.
Afortunadamente, la fecundidad mengua. Son muchas las mujeres que “ya no muestran mucho interés en reemplazar la especie”. Recordemos que la fecundidad en muchos países es menor al índice de crecimiento y que Irán y Brasil la redujeron a la mitad.
Imposible explicar en quinientas cuarenta palabras que la población puede auto contenerse, pero se puede asegurar que la tecnología hará que el mercado la destruya.
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