De niño la armada del pesebre era una diversión que no me perdía. A casa traían cajas de cartón de volúmenes diversos para, luego juntarlas, forrarlas con papel verde y crear diferencias de relieve, en cuya cumbre mi padre ponía la casa de madera y paja que la Virgen María, San José y el Niño Dios compartirían con un burro y un buey hasta cuando los reyes magos terminaban su peregrinaje. Era, también, la única zona que me prohibían modificar, bajo advertencia que jugar ahí era alterar o profanar la simbología del sacrificio y la pureza de espíritu.Por eso, durante mi niñez, acepté que la pobreza era una virtud. Pero con el paso de los años comprendí que ni ella provenía de designios divinos, ni la riqueza de pactos con el demonio. También supe que padecer penurias no constituye un privilegio para alcanzar la gloria, sino que es la plataforma para la degradación del hombre. Sin embargo no perdí el entusiasmo por el ícono que creó Francisco de Asís e insté y patrociné el que lo instalaran en mi casa y que mis familiares se reunieran a su alrededor para rezar las novenas y pedir parabienes.
En las ocasiones en que estuve con mis hijos sentí que, como también yo lo hice, a ratos disfrutaban ante la perspectiva de la recompensa y a ratos compadecían a Jesús. No había justicia en que quien vino a salvarnos padeciera por carecer de abrigo, higiene y comodidades. Los asnos y los bueyes infectan e incomodan, a pesar de que a su presencia se le atribuyó un beneficio: su calor corporal contrarrestaba el frio del ámbito en donde el niño crecía. Por prudencia y lealtad con su fantasía y conmoción guardé silencio. No me asistía derecho para anticiparle las frustraciones.
Pero el Papa Benedicto XVI no pensó en ello. De un plumazo desautorizó la leyenda y pulverizó la metáfora, tras dictaminar que en el portal de Belén jamás estuvieron el burro y el buey. Pero las correcciones no pararon ahí: los reyes magos también fueron desterrados por no ser reyes, ni magos, ni provenir del oriente, ni seguir una estrella por la imposibilidad de desplazamiento que los astros tienen.
Ahora el pesebre de mi casa, como el de la catedral, no luce la directriz del santo de Asís, sino que se ajusta a la instrucción del Papa. Sus creadores excluyeron a los animales que animaban la simbología del sacrificio y la pureza del espíritu. Y me pareció que sin la ficción el pesebre carecía de sentido. Pero confío en que los niños intentarán restituírselo. Tal vez ellos recobren la magia de la poesía y obliguen a reimplantar al bobino, al asno y a los reyes magos para que durante la Navidad no reinen los lobos con piel de ovejas y los camellos tengan oficio.
Nota: Falleció Alfredo Arrázola Almanza, quien con su ceño adusto me atemorizaba cuando niño. No obstante, con el correr de los días esa expresión se convirtió en señal de su personalidad, inclusive cuando, me alcahueteaba las parrandas. Siempre encontré en él un gesto de solidaridad, no sólo en horas de la madrugada cuando me transportaba hasta mi casa sin importarle la incomodidad que suponía desviarse de su ruta, sino cuando me desterró el dolor que me produjo una cordal, recordándome al dentista de García Márquez en “Un día de estos”, solo que el doctor Arrázola condescendió en aplicarme la anestesia.
