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Apenas estaba adaptándome al frío de Madrid en ese enero helado de 1982. Llegaba con la ilusión de los 26 años, y el ímpetu por querer demostrar que no era un sudaca más que venía a contaminar el viejo continente. España apenas se despertaba estrenando democracia y pasaporte, para ser aceptada en la Europa opulenta. Sin embargo, un tufillo de prepotencia nos trataba de advertir que todavía éramos súbditos de la Corona.
Lo que nunca se imaginaron los europeos era que en un pueblo perdido en la manigua del trópico, un sudaca recibía el premio nobel inventando una vida nueva, llena de gitanos que sabían más que todos los científicos de la Nasa, donde las mujeres levitaban y los niños nacían con cola de cerdo. En esta nueva realidad las cosas no tenían nombre y el hielo apenas se descubría. Los muertos resucitaban para hablar con los vivos, buscando venganza por viejas ofensas.
De repente una revolución del lenguaje y de la imaginación, arrasaba el estatus quo  que la racionalidad de la ilustración había puesto en el trono de la sabiduría. Un huracán de palabras sin tiempo, incontenible, organizaba un nuevo estado, un orden distinto, una nueva dimensión en donde la realidad  era la ficción y la ficción era la realidad. Después de Macondo ya nada sería igual. Para poder recordar algo así habría que regresar a Picasso y su cubismo. Todo de allí en adelante podría ser escrito sin ser cuestionado.
Conmocionados con este ciclón que devoraba todo a su paso, la ilustración tambaleaba. Alguien osó retar el orden que Kafka había pellizcado tenuemente. El daño ya estaba hecho, el realismo se convertía en magia. La ciencia con todo su poder y exactitud, inclinaba la cabeza ante un nuevo conocimiento que la desbordaba. Esta vez no se trataba de telescopios y de cohetes en la luna. Esta vez  la imaginación ganaba la partida. Una imaginación que logró ver más allá de lo normal, más allá de lo cotidiano, más allá de la frontera que Don Quijote había demarcado. Una imaginación que creó un mundo mágico pero humano, mágico pero lleno de realidad, mágico pero repleto de amores furtivos y eternos.
Si bien el realismo mágico no era exclusivo de “Cien años de soledad”, la novela de Gabo, define un lenguaje singular, que se recrea durante todo el tiempo como propio de sus protagonistas. La grandeza de nuestro Nobel no está en haber escrito un libro de historia de las guerras en Colombia o la soledad del ser humano. Su grandeza radica en la inmensa capacidad para mantener el hilo conductor de la realidad y ficción como si ambos fueran iguales sin que nadie se incomodara. Para crear un mundo de estas características se necesita más que inteligencia, se necesita una imaginación sin límites y coraje para presentarse ante el mundo con Melquiades vivo después de muerto.
Sin imaginación no hay sueños, no habría una sonda en el espacio retratando luceros y estrellas, el hombre jamás hubiese descubierto América, John Lennon nunca hubiera escrito tantas canciones al amor. No hablaríamos sobre la primavera de Praga. Sin imaginación nuestro Nobel nunca hubiera cambiado el rumbo de la novela en el mundo para siempre.

*Profesor de medicina. Universidad de Cartagena.

cargaries@yahoo.es

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