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Los enfrentamientos entre pandillas no son nuevos en una ciudad como Cartagena, en la que, desde siempre, se sabe que en los barrios es mejor esconderse cuando está lloviendo. Una vez empezaba a arreciar la lluvia, los jóvenes de las pandillas empezaban a aparecer, como si fuese una disputa ancestral. Los vecinos cerraban las puertas de las casas y luego se sentía la lluvia de piedras producto del enfrentamiento.
Las pandillas más bravas, las más temibles, no se conformaban con las piedras, sino que usaban changones, y de vez en cuando también sonaba el tiro. Su presencia se limitaba al sector de las faldas de La Popa, pero poco a poco la misma dinámica se estableció en los barrios que bordean la ciénaga, hasta el Pozón, y posteriormente otros como San José de los Campanos, Nelson Mandela, Nazareno, El Socorro, San Fernando y Blas de Lezo.
Son principalmente formadas por adolescentes y jóvenes que tienden a adoptar una conducta colectiva, y a desdibujar su individualidad. La pandilla se consume al sujeto y lo transforma en el todo, enajena al individuo y se fortalece un anonimato que transforman las ideas sobre las normas y las reglas. La identidad personal se desvanece para darle lugar a la identidad de la pandilla, que se revela con un nombre.
Algunas conocidas son los 18, los Candelos, los Matarratas, los Pajarracos, los Chaplin, los Jabones, los Bony, en total, según fuente de la Policía Nacional, se identifican 58 pandillas en la ciudad de Cartagena. Los enfrentamientos entre ellas en ocasiones, terminan con víctimas fatales. Especialmente en el curso de este año, que se han presentado alrededor de 32 homicidios por estos conflictos. Esta cifra ha aumentado ostensiblemente, teniendo en cuenta que el año pasado se registraron 22 homicidios por esta causa.
Los muertos por las disputas entre pandillas han ido aumentando con el paso de los años, y coincide con la presencia de redes de microtráfico que han aportado estructuras criminales más complejas. El flujo de dinero propio de estas mafias, le llega a algunos jóvenes de las pandillas, quienes aprovechan para comprar armas de fuego más sofisticadas, poco a poco, alejándose del changón y de las piedras.
Uno de los problemas más graves frente al tema de las pandillas es creer que la responsabilidad es exclusiva de la Policía. Se pierde de vista la complejidad, lo estructural. Las medidas policivas actúan cuando tienen que detener una acción, un eventual delito o una contravención, pero su campo no tiene como competencia mirar de frente a las raíces del problema.
La Administración distrital debe comprender que la seguridad es integral, y que el tema de las pandillas no se resuelve con más uniformados. Es necesario preguntarse por la oferta del sistema educativo, por la oferta de proyectos culturales, y por las garantías que tienen los niños para poder soñar con libertad. Mientras los niños no tengan otros caminos, otras opciones, seguirán siendo tempranamente carne para gusanos.

* Psicóloga, activista, defensora de derechos humanos.

claudiaayola@hotmail.com
@ayolaclaudia

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