Un lector me descalificó por valerme de la pifia Mahmud Ahmanideyad para edificar un parapeto y esconderme detrás de él para criticar a Hugo Chávez Frías, lo que a su juicio refleja mi falta de criterio. Aunque no fue lo que me propuse, admito que nunca lo exalté, a pesar de considerar que tras su retiro del poder quienes los sucedieran lidiarían con su impronta (porque él hizo partícipe a la mayoría de beneficios que antes se limitaban a un reducido grupo). Siempre desconfié de la eficacia del populismo con que edificó su prestigio y denosté de los modales con que Chávez asumió el liderazgo y del derroche en que incurrió, lo que a la postre develará su torpeza.Por eso disentí de quienes calificaron sus procederes como reivindicación de los desposeídos. Consideré que él replicaba a los ricos, aunque su limosna se diferenciara porque en ocasiones paliaba el hambre de quienes la recibían y les alcanzaba para exhibir algún lujo. Además, que los efectos de su generosidad no generarían prosperidad en el conjunto que la recibía, sino la dependencia de una quimera, todo porque la bonanza del petróleo, por los vaivenes que impone el mercado, no estaba garantizaba para siempre. Venezuela solo obtenía divisas de la exportación del crudo y la redistribución de las utilidades implicaba diseñar y aplicar una estrategia de productividad, que él nunca vislumbró.
Desaprovechó la oportunidad para alentar a su pueblo y convertirlo en una potencia, diversificando la economía, incentivando la investigación y fomentando la creación un pensamiento crítico, no sólo para fustigar a los opositores que se empeñan por imponer el criterio del lucro personal como único factor de progreso, sino para despojarse de la prevención con que se miran las ideas que provienen del otro lado. En vez de ello, Chávez jugó al acaudalado cuyo negocio crecía mientras él, convencido de su papel de mesías, distribuía dadivas entre quienes lo adulaban por su desprendimiento.
No tendremos que esperar mucho para verificar el desacierto de dilapidar, no sólo los recursos, sino la oportunidad para erigirse en una potencia. Aunque es prematura fijar un límite en el tiempo, se sabe que, desde tiempo atrás, la industria y la ciencia trabajan para encontrar otras energías con el propósito de dejar de utilizar combustibles fósiles. Cuando eso pase el crudo se abaratará y los subsidios escasearán. Entonces ni la imagen de benefactor, que hoy su séquito quiere entronizar en el santoral sin pasar por el procedimiento que la Santa Sede instituyó para ello, sostendrá una doctrina que depende de la limosna para conservar los adeptos.
Surgirán los reproches y la solidez que hasta ahora exhiben los chavistas comenzará a resquebrajarse. No obstante la figura del hombre que luchó por los pobres, que los aglutinó en derredor de una ilusión, no se deslustrará. A él lo venerarán. Pero a sus acólitos y herederos no le perdonarán el retroceso. Nadie entenderá cuando se evada la esperanza, salvo quienes hubieren comprendido que las bases del proyecto chavista no se afincaron en la tierra, sino en el sentimiento, de modo que el cambio y la justicia social no se consolidaron y solo fueron una ilusión, y nada más.
