Que el destino de Cartagena, su rumbo y metas, dependan de la muerte o invalidez de su relevado alcalde, en grave estado de salud, es grotesco.
Y dice, hasta la indignación, de la precariedad de los liderazgos y compromisos de los cartageneros son ungidos en distintos escenarios de la vida ciudadana, díganse políticos, administrativos, sociales, gubernativos, para velar por los más nobles intereses de su ciudad.
Pero igual dice y manifiesta, en el mismo o mayor grado de precariedad cívica, del ciudadano cartagenero, hombre y mujer, que tolera y reproduce, cada vez con mayor consentimiento, cuanto aquellos proponen, ejecutan y consolidan como modelo de ciudad.
Que valga decirlo, no es ninguno, pues hace muchos años que Cartagena dejó de tener uno. O, cuando menos, de echar a andar la ciudad bajo el protocolo conocido como Plan de Desarrollo.
O algo que trasunte un rumbo, una organización y coordenadas para administrarla con eficiencia y probidad, gobernarla con autoridad y decoro y promover su desarrollo, de forma que sus necesidades humanas, físicas, de planeación, den en el mejoramiento de la convivencia, calidad de vida, servicios, movilidad, entre otras variables que una ciudad de su rango, categoría y oferta turística y empresarial, demanda.
Para ese emprendimiento, huelga repetirlo, no asoma en los cartageneros voluntad alguna. Y quienes la invocan, apenas si lo hacen movidos por un particular y puntual interés, cuyos resultados tienen de antemano beneficiario oneroso, tanto en lo político como en lo económico e institucional.
Y con cargo a Cartagena, a sus arcas, salud, educación, movilidad y seguridad, que vuelve a ser la damnificada de tan reiterada como reprochable conducta. E irresponsable actitud de algunos vecinos convertidos a la carrera en alcaldes por obra y gracia de poderosas y siniestras alianzas, dineros mafiosos, corrupción y clientelismo en gran escala.
Algo a punto de repetirse, pues sobre el cuerpo lastimado pero vivo aún de Campo Elías, ya vuelan en círculo y cada vez más bajo los buitres que harán de Cartagena, otra vez, apetecida y deleitosa mortecina.
La ciudad sigue al garete después de lustros de malas administraciones, dos años bastan a los filibusteros de la politiquería para resarcirse de la demora en recuperar cualquiera inversión que haya podido estar en riesgo por la prolongada interinidad, encargos, reintegro, suspensión, renuncia, devenida en Cartagena con sus agentes.
Que es cuanto a ellos importa y cuanto aguanta impávida la abrumadora mayoría de cartageneros y cartageneras que ya se aprestan, no a revocarlos como debiera ser, sino a ratificarlos y prorrogarlos sin término en el poder local.
No importa que Cartagena, su amada de la boca para fuera, se vaya a pique.
*Poeta
@CristoGarciaTap
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