Según el “Nomenclátor Cartagenero”, la calle corta que conduce del Baluarte de San Francisco Javier a la esquina de la Calle de las Damas, se llama o se llamó, calle del “Torno de Santa Teresa”. En el barrio de Santo Toribio, hoy barrio de San Diego, hay una calle que corre paralela a la fachada del antiguo convento de Santa Clara, actual Sofitel Santa Clara, que se denomina Calle del Torno. Pues bien, en los años coloniales, donde hoy funciona el Hotel Charleston Santa Teresa, hubo un convento de religiosas; tanto en el convento de Santa Teresa, como en el de Santa Clara, funcionaron por cuenta de las hermanas que los regentaban, sendos tornos para recoger en ellos a niños expósitos.
Por último, en el arrabal de Getsemaní, en la calle de la Media Luna, se erigió el convento de la “Obra Pía de la Caridad de Nuestro Señor Jesucristo” u Hospital de Mujeres. Entre 1787 y 1792 este convento fue remodelado bajo los auspicios de Fray José Díaz de Lamadrid, agregándosele una cuna para niños expósitos. El torno de la Obra Pía funcionó a espaldas de la fachada del convento, en la calle de la Magdalena.
Llama la atención que en una ciudad tan pequeña y de costumbres sociales tan severas, las damas tuvieran que recurrir a los tornos para esconder sus deslices amorosos. Y es que los tornos fueron concebidos con ese fin; las esclavas y las mujeres libres de baja condición social, asumían su maternidad sin importarles el qué dirán.
En la época colonial y en los primeros años de la República, los noviazgos se desarrollaban de balcón a la calle con palabras muy tenues y, a veces haciendo uso de las letras de mano o las cartas que las jovencitas enamoradas enviaban con sus criadas a sus enamorados. Cuando ya los amores iban tomando forma, los padres del novio acudían donde los padres de la novia para solicitar con toda seriedad que se permitiera a su hijo hacer la visita formal, éstas eran con horario establecido y, mientras el pretendiente estaba en la sala de la casa, la madre de la niña o una chaperona de confianza debía vigilar para evitar besos u otras caricias corporales.
En las casas de una sola planta, que eran abundantes en la Cartagena colonial, el pre-noviazgo se desarrollaba con más libertad, ya que las casas, provistas de ventanas voladas que daban a la acera, permitían a los enamorados algún contacto físico, como tomarse de las manos o un beso furtivo entre los barrotes de madera torneada.
Las jovencitas tenían que ser muy diestras en el manejo del pollerín y la crinolina; cualquier descuido podía dejar al descubierto un tobillo o una pantorrilla, lo que el galán no dejaría pasar de manera desapercibida.
El misterio principal radicaba en cómo, con tan severas precauciones, se producían los inesperados chichones.
*Asesor Portuario
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