Al igual que muchos colombianos, mi familia ha sufrido en carne propia, directa e indirectamente, las consecuencias del modelo de atención en salud. El suscrito, mis padres, murieron no por los designios de Dios, sino por la mano criminal del sistema y sus actores, perversidad que está en marcha desde la aprobación de la Ley 100 de 1993. Esta, como escribiera el destacado columnista de El Espectador, Reinaldo Spitaletta, genera más muertos que los causados por la violencia. O como diríamos nosotros, es otra particular y monstruosa forma de violencia.
Recuerdo que mi madre, que en paz descanse, con diagnóstico de isquemia cerebral, le negaron la atención de urgencia, y a mi hija, médica al servicio de una entidad del Estado, le aplicaron la misma receta, quedándonos solo el camino de las acciones judiciales para intentar restablecer los derechos violados.
Tratándose de la atención en salud, la historia es el presente, porque en estos días recorro las Cataratas del Niágara, esas bellas cascadas turísticas situadas en el río que lleva ese mismo nombre, en la zona oriental de América del Norte en la frontera con los Estados Unidos, pero en bicicleta. “El Niágara en Bicicleta”, duro de pasar, en este sistema de salud, honor que hago al cantante dominicano Juan Luis Guerra.
El Niágara en Bicicleta, canción de Juan Luis Esquerra, retrata de manera sencilla y coloquial las falencias estructurales de la atención en salud, entonadas en su voz melodiosa, que presenta gráfica y estereofónicamente la absoluta imposibilidad de obtener eficaz atención en ese campo.
Esto, porque en Colombia, por cuenta de la privatización de lo público, que en la salud “desde la aprobación de la Ley 100 de 1994, tornó en archimillonarios a los negociantes de la misma, el paciente (¿o será el cliente?) dejó de ser protagonista del llamado “acto médico” para dejarles ese papel a las facturas y las chequeras”. Columnista citado.
La Ley 100, arma de destrucción masiva, pretende ser reemplazada, por otra tan mortal e inmoral como la anterior, porque no cambia el modelo de salud, solo hace maquillajes, mantiene la intermediación en cabeza de las E.P.S, que de ser aprobado el proyecto, se llamarán gestores de servicios de salud, quienes administrarán recursos dentro de los 44 billones de pesos que generamos en gran medida los cotizantes del sistema, es decir, la cura resulta peor que la enfermedad.
Las EPS “seguirán mandado,”, escribió el gran periodista Juan Gossain, el sistema seguirá matando a los colombianos, los dueños de éste y del negocio más ricos, más poderosos, a costas del dolor, y del tragedia del pueblo colombiano.
El diagnóstico está hecho, las soluciones están en la mesa, el gobierno del presidente Santos, su”buen gobierno”, amante y adicto al capitalismo salvaje, seguirá la ruta del mercado en sus neoliberales manos, la salud seguirá siendo una mercancía y los pacientes meros objetos mercantiles.
Por ello, Colombia necesita un nuevo modelo de atención en salud, ella debe ser estatizada, en gran medida, para que el Estado sea el gran protagonista, para que sé que sea él quién garantice la prestación del servicio, esto sí con exigentes controles interestatales, sociales y gremiales.
Estamos en peligro, condenados a muerte, y así seguiremos, si no reaccionamos, si no nos reorganizamos para construir el nuevo modelo de atención en salud, mesas locales, regionales deberían activarse o crearse para procesar y presentar, ahora en tiempo de referendos, la propuesta que garantice la vida, la dignidad de todos los pacientes, para que la salud sea en verdad un derecho humano fundamental inviolable, parte esencial de la justicia material, innegociablederecho natural, base real de la paz.
Profesor y abogado
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