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Chances

Los muertos ya no hablarán

“Me pregunto si la humanidad podría producir una ‘zona oscura biológica’ de sí misma...”.

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En abril el Gobierno aprobó la hidrólisis alcalina o «cremación líquida» —un método para disolver cadáveres—, pese al rechazo del Congreso. Por siglos los cementerios han sido lugares de duelo, devoción religiosa y reposo de los muertos. Nunca pensamos en ellos como archivos científicos, pero son depósitos involuntarios de información biológica. Hoy, mientras las tasas de cremación aumentan y aparecen métodos como la hidrólisis alcalina, quizá estamos atravesando un cambio cultural cuyas consecuencias científicas futuras apenas sospechamos.

Para la arqueogenética contemporánea los cuerpos enterrados conservan, aunque sea parcialmente, información biológica recuperable. Gracias a restos humanos preservados, hoy estudiamos antiguas epidemias, rutas migratorias, dietas, exposiciones ambientales, microbiomas, enfermedades hereditarias e inclusive adaptaciones inmunológicas de poblaciones desaparecidas. Mucho de lo que sabemos sobre peste bubónica, tuberculosis histórica o evolución genética proviene precisamente de cadáveres enterrados hace siglos. La cremación altera radicalmente esa posibilidad. Los estudios muestran que las altas temperaturas destruyen ADN, proteínas y otros marcadores biomoleculares esenciales para futuras investigaciones. Aunque en ciertos casos pueden recuperarse fragmentos genéticos mínimos, la pérdida de información es enorme comparada con la preservación derivada de la inhumación tradicional.

Me pregunto si la humanidad podría producir, por primera vez en su historia, una “zona oscura biológica” de sí misma. Es posible que dentro de un par de siglos los investigadores reconstruyan mejor la biología de un campesino medieval enterrado en una iglesia europea que la de millones de ciudadanos urbanos del siglo XXI cuyos cuerpos fueron incinerados. Gran paradoja. Cuanto más sofisticadas se vuelven las ciencias biológicas, más rápido destruimos el soporte material para futuras investigaciones. No intento defender el entierro tradicional. La cremación goza de razones reales como la urbanización, costos, sostenibilidad ambiental, secularización y cambios culturales profundos en nuestra relación con la muerte.

Tampoco puede ignorarse que la conservación masiva y sistemática de material biológico humano plantea problemas éticos relacionados con privacidad, consentimiento y posible vigilancia genética. Pero es precisamente por eso que el debate debería comenzar ahora y no cuando la transición funeraria sea irreversible.

Existen grandes biobancos poblacionales en países como Reino Unido o Islandia, diseñados para investigación médica y genética, pero estos repositorios siguen siendo parciales, dependen del consentimiento individual y no sustituyen la pérdida progresiva de material biológico poblacional espontáneamente preservado en cementerios. Nada garantiza que las futuras generaciones no descubran métodos capaces de obtener información hoy inimaginable a partir de tejidos o huesos conservados. Quizá sea el momento de discutir, con prudencia y garantías éticas, la creación de bancos poblacionales de ADN y tejidos biológicos que permitan preservar parte de esa información antes de que desaparezca definitivamente bajo el fuego de una transformación cultural que apenas comenzamos a comprender.

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