Colombia acaba de sufrir otra frustrante jornada electoral. Quienes abrigábamos una tenue esperanza de cambio en las prácticas políticas que históricamente han caracterizado las elecciones al Congreso de la República, nos enfrentamos al desasosiego de una realidad que se impone, cínica y arrogante, sobre una sociedad civil temerosa, frágil y sumisa.
En ese contexto, que se repite de manera infame año tras año, es natural que la gente piense de la siguiente manera:
“Yo no me informo, no participo, no voto porque el estado no funciona, la política es sucia y los políticos, unos corruptos...”.
Por eso es imperativo que entendamos, y que les ayudemos a todos nuestros familiares, amigos, allegados y colegas a entender, que ese es un argumento circular. Los corruptos ganan, la política se ensucia y el estado le falla a la ciudadanía – sobre todo a los más pobres y vulnerables – precisamente porque la gente no vota a conciencia. Si todos votáramos a conciencia seríamos capaces, como sociedad, de revertir esa cruel tendencia.
Cuando le recomendemos a la gente votar, y votar a conciencia, es preciso recalcar la importancia del voto informado. Informémonos bien sobre las trayectorias, las propuestas y las estructuras de apoyo de los candidatos, para que no se repita una tragedia como la del pasado domingo, cuando en varios departamentos elegimos a los candidatos más cuestionados por vínculos con actores armados o círculos de corrupción.
Informarse bien antes de votar no es:
- Escuchar solo la voz del partido, movimiento o candidatos de nuestra predilección. También hay que escuchar otras voces, con atención y mente abierta.
- Escuchar solo la voz de los grandes medios de comunicación nacionales y regionales, muchas veces alineados con los grupos políticos que más le convienen a los intereses de sus accionistas. También hay que escuchar a los medios independientes, con atención y mente abierta.
- Escuchar solo las voces de los poderosos. También – y sobre todo – hay que escuchar las voces de los débiles, las víctimas y los marginados, con muchísima atención y el corazón abierto.
- Escuchar solo a quienes piensan como nosotros, o escuchar con especial atención solo a familiares y allegados. También hay que escuchar, respetar y valorar todas las voces, pero especialmente la de la propia conciencia – libre, independiente, escéptica ante toda autoridad.
- Escuchar la voz de la desesperanza y el desasosiego. El pesimismo que deriva en apatía e inacción es suelo fértil para que germinen las semillas de nuestras tragedias.
*Director del Programa de Ciencia Política y Relaciones Internacionales, UTB
pabitbol@unitecnologica.edu.co
