Puedo imaginarlo en el cielo, aquí o allá, sesenta y cinco años antes, sesenta y cinco años después, frente a su máquina de escribir, cigarro a medio fumar, ríe, llora, un Buendía lo consuela, otro lo exhorta a reír más.
Mariposas amarillas adornan su cielo, un viejo castaño es su espaldar. Solo, muy solo -no está solo- eterna soledad cubre a aquel macondo del viaje en ferrocarril, un viejo coronel anda raudo tras su paso, el perro azul ladra. Y allá, más atrás, alguien grita, la algarabía es colosal, los rudimentos del mercado provocan ruidos sordos.
Un catarino negro brinda frituras a sus comensales, el mercado de la noche que despunta es una babel de voces toscas y sudor, mucho sudor. Hace calor, es agosto. En agosto siempre hace calor. La escasez de dinero es una constante, como el calor de los candiles que empiezan a encenderse tímidamente.
Pronto es hora de dormir, los rollos de papel periódico de un vetusto matutino son su cama. Es pobre. Las cuartillas de papel amarillento sobre las que plasma su magia no son dinero. Su vida cobra un nuevo sentido cada vez que el lápiz rojo de Clemente, jefe de redacción y corrector de estilo, circula una coma mal puesta o un punto desatinado.
Pero nada parece detenerlo, es apasionado por naturaleza. Hoy nuevamente recorre las callecitas estrechas de la urbe. Estudia Derecho. El periodismo y las letras lo desvían, maldito virus que recorre las venas del enfermo. No hay cura. Una vacuna eficaz no se ha inventado. Periodista y escritor eres, periodista y escritor serás.
El lápiz rojo de Clemente sigue adornando con círculos y tachones su redacción. Beben, se emborrachan. Otra noche, el mismo mercado de olores esclavizantes, cruel escenario del comercio de negros en otro pasado. Tiempo de dormir, los mismos rollos de papel, el mismo periódico en la calle San Juan de Dios.
Descansa, su lumbre se apaga. Despierta, ¡despierta! Una luz amenaza con enceguecernos, su prosa, sus trazos despliegan encanto. La niña que come cal ya no llora, nunca ha llorado, ahora hay jolgorio. Reencuentro de viejos amigos, licor, música vallenata, poesía.
La fiesta es interminable, eterna. El coronel recibió la carta esperada y en casa no volverán a comer mierda. Los Buendía ríen y bailan emulando a Amaranta Úrsula. Un viejo general se declara vencedor de recuerdos que le oprimen y fantasmas que lo acosan. Delgadina, menos puta que antes, jura lealtad y amor eterno a su decrépito enamorado.
Aquí o allá, sesenta y cinco años más tarde, Gabo recorre callecitas y callejones de Cartagena de Indias a bordo de su Opel, vestido de liqui-liqui, es otro muy distinto al de otras épocas, pero no deja de reconocer al diario El Universal, de la mano de Clemente Manuel Zabala, como su primera escuela en el mundo del periodismo y las letras.
Daniel Castro Peñalozadacaspe@gmail.com
