Es lugar común reconocer los méritos de las personas en la despedida hacia el encuentro con el Dios Todopoderoso, mas no por ello, esto pierde su valor, porque la muerte es solo una misteriosa y distinta dimensión de la vida. Creemos, sin embargo, que sería igualmente valioso, reconocerlos en la vida terrenal.
La letra, la crítica, el coraje, las enseñanzas de Héctor Hernández Ayazo son para honrarlo, pero también para seguirlo, porque se fue para quedarse, sus líneas serán luz de la conciencia ciudadana, legado para transformar la realidad política y administrativa de la ciudad de Cartagena, insumo fundamental para hacer renacer la esperanza.
Las palabras en reconocimiento a su obra resultaran insuficientes porque no solo invitaban a la reflexión, en virtud de su objetividad crítica y gigantesca visión del futuro, sino a la acción organizada y transformadora de la ciudadanía.
Era, y seguirá siendo, Héctor Hernández Ayazo, opinión luminosa, que no se apagará con su inesperada partida, por cuanto la solidez y realismo de sus análisis estaban llenos de sindéresis y de la más elevada ponderación.
El mayor homenaje que hemos de hacerle es extractar en sus opiniones, en su letra iluminada, su deseo de transformación de las costumbres políticas en esta la ciudad y el país de sus preocupaciones.
Héctor Hernández Ayazo, maestro de la opinión, te rindo un sencillísimo homenaje en estas líneas, que reedito, para hacer vigente tus anhelos y compromisos, con una ciudad que hoy yace devastada, por ello, te pido permiso para reproducir algunos apartes de tus columnas:
Escribiste, “El futuro está en nuestras manos” 28 de abril de 2013, en la víspera de las elecciones atípicas para la alcaldía de Cartagena: “Podemos darle un vuelco a Cartagena. Esa transformación está en manos de los votantes, sin que la clase política tradicional pueda evitarlo. Es cuestión de decisión ciudadana”.
En tu última columna del 29 de junio, preguntaste: “¿Qué tal que los habitantes de Cartagena se preguntaran por el detalle del manejo de su presupuesto y de ese cuantioso empréstito de doscientos cincuenta mil millones de pesos que hasta ahora parece vaporoso y justificado sin serios estudios de prioridades? ¿Qué tal que también fuera preocupación colectiva diaria la limpieza moral de un Distrito carcomido por la corrupción? ¿Cuánto transformaríamos si existiera igual preocupación por lo que ocurre en los Corvivienda, Dadis y Edurbe, por revisar la intimidad de contraloría y personería y, en general, de toda nuestra desvencijada administración?
En esa misma columna, nos respondiste: “Cuando menos recuperaríamos dignidad, haríamos conciencia de la urgencia de relevar a la dirigencia política actual”. Desde el cielo, verás que ello es posible, como lo sentenciastes: “Es cuestión de decisión ciudadana”.Descansa en paz, maestro y amigo.
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