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Columna

Agradecimientos y un imborrable y grato recuerdo

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Acogiéndome a la ilimitada generosidad de Gerardo Araújo Perdomo, Gerente de EL UNIVERSAL, al permitirme en éste mismo espacio, en que por años escribió mi hermano Héctor y que dejó de aparecer súbitamente para siempre el pasado domingo 6, de expresar en mi propio nombre y, en el de toda la familia Hernández Ayazo y de la de sus descendencias, al igual que la de los colaterales, las más sinceras expresiones de agradecimiento perenne por las innumerables manifestaciones de solidaridad y aprecio recibidas de toda clase de entidades, gremios, universidades y ciudadanía en general en forma abrumadora en los momentos más difíciles sin duda alguna del núcleo familiar.

No obstante confesar que tengo el alma destrozada, saco fuerza de los retazos que aún me han quedado después de la dolorosísima e inesperada y sorpresiva partida de Héctor para hacerlo.

A todos nuestra gratitud eterna.

Quiero ahora hacer una brevísima remembranza de un grato e imborrable recuerdo, cuando en compañía de mi querida e inolvidable madre María Leonor y dos de sus hermanas Luisa y Paulina Ayazo López, todas fallecidas, asistí en el mes de enero de 1958, a la Solemne Santa Misa Concelebrada mediante la cual se cumplía dentro del rigor del rito católico la ceremonia de Imposición de Sotana , llevada a cabo en la Iglesia de Santo Domingo, sede del Seminario Conciliar de Cartagena regentado por los padres Eudistas, con motivo de haber concluido Héctor sus cinco años de estudios de seminarista Menor en el convento que lleva el mismo nombre del templo.

Pasó Héctor a estudios superiores de Filosofía y Teología y era obligatorio el uso permanente de la sotana, tenía dieciseis años y aquella figura frágil, de rostro alegre e infantil que transitaba con su caminar rápido del convento a nuestro hogar de la Calle de la Moneda, le valió el cariñoso llamativo de "el Curita Hernández". Ello deja compendiada y explicada la razón de su sólida formación religiosa y moral de la que jamás se separó un instante, formación que nos asegura sin espacio para la duda que está a la diestra de Dios Padre y ello es suficiente para el consuelo de todos.

Héctor, este recuerdo que hago público es posible que no lo autorizaras, dada tu natural y acostumbrada reserva, pero tampoco me lo reprocharías sin ausencia de tu acompañada elegancia y gallardía

Estas mismas consideraciones permiten asegurar sin lugar a equívocos que no fue un hombre que almacenara odios, rencores y tampoco animadversión alguna, pueden tener la certeza plena todos aquellos que fueron blanco de sus críticas, que por muy severas que fuesen siempre conservó su absoluta moderación al referirse a determinada persona por muy cuestionada que estuviere, soy testigo fiel y excepcional de que no compartió en muchas ocasiones las tantas sentencias condenatorias del máximo Tribunal Penal en los casos de la parapolítica, por ser su interlocutor en demasiadas ocasiones y en muchos más casos de excesiva sonoridad.

Lector incansable e insaciable que le permitió hacerse a una ilimitada ilustración que va de los antiguos filósofos griegos a la variedad de escuelas del pensamiento y, qué decir de la lectura de los clásicos de la literatura universal, que comprendía como el mejor, dado sus vastos conocimientos de las lenguas latinas y griegas y, de ese dominio del Derecho nacional y comparado, hombre que leía a los autores franceses en su lengua vernácula.

Don Héctor, como yo solía llamarte y tal como tú me llamabas indistintamente don Herath, doctor Herath y últimamente Wilson Mc Coy, al unísono te decimos: descansa en Paz.

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