comscore
Compartir

A veces parece que las pasiones políticas en que nos sumergimos nublan la conciencia de nuestra propia humanidad – generalmente arrastrados por las pesadas anclas de nuestros intereses individuales o de los dogmas con los cuales construimos, desde nuestros miedos, las identidades que nos brindan una sensación de seguridad.

Colombia atraviesa hoy por un momento histórico tan complicado que hasta la palabra “víctima” se utiliza como un naipe en el juego estratégico del poder. Tú no eres víctima, yo sí soy víctima, yo represento a las víctimas, tú no representas…Detengámonos un minuto.

Estamos hablando de seis millones de personas que han visto sus vidas y su paz devastadas por el ojo ciego del huracán de los conflictos y las violencias que, como país  en permanente desencuentro, hemos creado. Y seguimos creando.

Cada día mueren asesinados más soldados y policías, guerrilleros, campesinos, defensores de derechos humanos, periodistas. Mueren asesinados. O quedan heridos. O pierden todo. Detengámonos un minuto; enfrentemos ese pensamiento.

A veces pareciera que, cuando hablamos o cuando ciertos políticos hablan de víctimas, no ha habido, antes, en nuestras mentes, en sus mentes, un minuto de silencio, un mínimo esfuerzo de comprensión de sus vivencias, sus pérdidas, su dignificación y sus resistencias. ¿Qué podemos aprender como sociedad de esta horrible noche?

Colombia vive este complejo momento porque está en la antesala de un acuerdo que ojalá le ponga fin a uno de los hilos más gruesos  y largos de su tragedia de sangre y lágrimas.

Pero ese apenas será el inicio de lo que eventualmente podremos llamar paz. El país tendrá que, primero, refrendar o no los acuerdos que suscriban el gobierno y la guerrilla. Y, segundo, idear cómo llevar la paz a la práctica en los espacios donde transcurre nuestra vida diaria: ciudades, barrios, municipios, pueblos, veredas.

Hacer la paz en el territorio, no en el centro imaginario de una nación abstracta, exigirá un compromiso con profundos procesos de aprendizaje social que nos permitan desarrollar nuevas formas de actuar frente a los asuntos que han configurado nuestra conflictividad: la propiedad de la tierra, los recursos naturales y la estructura del sector agropecuario, la participación efectiva de quienes han sido históricamente excluidos de la política, el narcotráfico y el consecuente poder de las mafias.

¿Estamos dispuestos a recoger las pesadas anclas de nuestro interés propio y de nuestros dogmas incuestionados? ¿Está nuestra sociedad preparada para aprender cómo crear un país en paz?

*Profesor del Programa de Ciencia Política, UTBpabitbol@unitecnologica.edu.co

Siga las noticias de El Universal en Google Discover
Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News