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Columna

Todo empezó en África

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Hace más o menos 150.000 años el hombre puso sus pies sobre las estepas africanas. Alrededor del año 60.000 AC, nuestros antepasados iniciaron, quizás, la proeza más importante de la humanidad: explorar la tierra y poblar sus confines. No eran más que un pequeño puñado de aventureros que llevaban en sus genes la carga pesada de esparcir nuestra herencia. Guiados por su instinto, cruzaron el estrecho de las lamentaciones, entre África y Arabia y desde allí abrieron las rutas que los llevarían a colonizar el mundo. Nada los haría retroceder. La semilla crecería para siempre.

Conquistar la tierra no fue fácil. Sin embargo se las arreglaron para llegar hasta Australia en un viaje imposible, sin las herramientas adecuadas para una travesía marítima que nunca habían imaginado. Europa y Asia tuvieron que esperarlos mucho más tarde.Para que estos hombres dieran el salto que los llevaría a poblar la tierra, tuvieron que sortear muchísimos escollos. El más importante fue ganar la carrera de la supervivencia. Muy cerca de ellos existió un contendor poderoso, con armas iguales, que hábito las estepas alemanas: El hombre de Neanderthal. Sin embargo las variaciones del clima acabaron para siempre con esta especie, como ocurrió con la mayoría de los animales prehistóricos. 

Le debemos muchísimo a nuestros antecesores. No solo nos señalaron las rutas para llegar a todos los  sitios de nuestra geografía, también nos traspasaron una sabiduría que perduraría para siempre. Las pinturas de la cueva de Altamira, descubiertas por una niña hace 14.000 años, fueron el faro que iluminó a Leonardo para pintar la Mona Lisa, su obra inmortal, y a Miguel Ángel la capilla Sixtina.

Nos regalaron el salto más grande que la evolución nos dejó: un cerebro de 1.400 gramos, con el cual podemos razonar y entender sistemas complejos. Nos permitió entender la física y las matemáticas para estudiar el universo. Sin él nunca hubiésemos puesto la sonda Rosseta en el espacio para entender un poco más nuestro sol.

Nos dieron un lenguaje, algo crucial en la carrera darwininista. Con él podemos reunirnos y compartir el conocimiento, pero también recitar un poema de Baudelaire o cantar la tragedia de Aída en la ópera de Verdi. El idioma fue crucial para mantener la sobrevivencia de nuestros primeros hombres modernos, e igualmente imprescindible en nuestra era tecnológica.

Ninguna epopeya griega puede asemejarse a la travesía de nuestros primeros exploradores que, llevados por la curiosidad y el coraje, cambiaron el mundo. Sin ellos nuestra civilización no habría alcanzado jamás los logros que ahora vemos.  

*Rotaremos este espacio para mayor variedad de opiniones.

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