Estamos enseñados a no ver el lado positivo de las cosas. Cada problema plantea su propia salida, una ventana que no necesariamente hace parte del problema mismo. Se trata de ver el vaso medio lleno y no medio vacío.
Cabe evocar esa manida frase al pensar en lo inermes que estamos los cartageneros, ayer y, sobre todo, hoy, ante las incomodidades y los estragos que causan la inundación de calles cada vez que una fuerte lluvia azota la ciudad, para no hablar del embate de las mareas.
Según el Centro de Investigaciones Oceanográficas e Hidrográficas de la Armada Nacional, la época húmeda en Cartagena va de abril a noviembre y el periodo seco, de diciembre a marzo. A su vez, según el IDEAM el llamado fenómeno de El Niño tiene como efectos la disminución de lluvias y el aumento de temperaturas, especialmente en las regiones Caribe y Andina. En los últimos meses los cartageneros hemos sido testigos de esporádicas pero fuertes lluvias. Pero, más allá de aliviar el calor, los aguaceros, en virtud de los deficientes sistemas de drenaje, convierten a muchas calles en pequeños canales navegables.
La aprehensión de los cartageneros ante una gran nube oscura ya no es exclusiva de quienes habitan barrios pobres. También asusta a quienes viven en sectores como Bocagrande y el Centro Histórico, que observan cómo el nivel del agua en sus calles aumenta a medida que más fuerte y prolongado es el aguacero.
Quizás ya no basta salir equipados con un paraguas ante la expectativa de lluvia. A lo mejor debemos armarnos también de botas pantaneras para no empaparnos los pantalones hasta las rodillas.
Muchos dirán que el mar (en el caso de Bocagrande) y el desaparecido caño de San Anastasio (frente a la Torre del Reloj) intentan recuperar su espacio. Sin embargo, al margen de los efectos del cambio climático, la causa primaria del problema es un inadecuado diseño de los drenajes pluviales.
Sin duda, las obras de Transcaribe contribuyen al problema. Su planeación y ejecución debieron establecer alguna solución al drenaje de aguas lluvias, al menos en la Avenida Venezuela y el Camellón de los Mártires. Pero también vías que nada tienen que ver con Transcaribe, por ejemplo, muchas del centro amurallado, se inundan con facilidad.
Los cartageneros tenemos, entonces, una única opción: ver el lado positivo del problema, ver el vaso medio lleno, apreciar los canales en que se transforman las calles y usar toda nuestra imaginación para pensar que estamos turisteando en Venecia.
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