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Columna

La casa mundial del libro

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Se presentó como un redactor de crónicas de viaje financiado por un sector turístico de España. Por eso estoy aquí, dijo, mientras esperábamos entrar al Teatro Adolfo Mejía el 26 de enero de 2013. Una hora nos separaba de las butacas bajo el techo abovedado con sus pinturas murales y del momento en que el Nobel peruano Mario Vargas Llosa y el escritor británico Julián Barnes ratificaran su devoción por Flaubert, el padre de la novela moderna.

Asistía porque el periodista Gustavo Tatis me ofreciera escribir una nota para su página cultural de El Universal. Así que eres reportera, me dijo el joven cuando quedó satisfecho con la información dada. Solo escribo, aclaré, dando por concluido el asunto. Más que por el calor, temperatura improbable en una Cartagena nocturna de principios de año, me abanicaba para distraer el fastidio de la serpenteante fila que me precedía. ¿Alguna vez has estado en el Jai?

La mujer que estaba detrás de mí, habló por encima de mi hombro, sin darme tiempo para responder a mi interlocutor. Le gritó que no se decía Jai. Se dice Hay Festival, Hay de haber, concluyó con tono de gramática infalible y se desentendió de nosotros. Le sonreí al bloguero que no se reponía de la intromisión. Es Jei, me murmuró. Se pronuncia Jei. Claro, le dije para tranquilizarlo, y agregué que solo en sueños me había imaginado allá.

Entonces tuve el mejor testimonio de Hay-on-Wye que, que como en un cuento infantil, le dije a él, podría comenzar así: “Érase una vez un  pueblito de Gales, de vida sedentaria, hasta que llegó ese rey que quiso independizarle del Reino Unido y compró un castillo para emprender su sueño separatista tras la trinchera de miles de libros”. El joven asintió riendo y me dijo que tal rey era egresado de Oxford. Es Richard Booth, dijo; fundó la primera librería de usados en Hay-on-Wye en 1961. Fue una iniciativa quijotesca, le digo. Dijo que no porque ese rey logró su empeño y llegó a autoproclamarse Ricardo Corazón de Libros. Como  una broma, le dije. A quienes le preguntaban si esa postura de monarca era seria, respondía que no, pero que tampoco lo era la política real, me dijo y ambos nos reímos. Un pueblo con 2000 habitantes y 40 librerías parece idea de un monarca de un lugar de la Mancha, le dije. Con Sanchos que lo imitaron, asintió. La fila avanzaba.

Le dije que gracias a ese Festival fundado en el 88, Cartagena de Indias podía cada año multiplicar el entusiasmo por el libro y por sus autores. ¿Cuántas librerías tienen? No respondí. Ya entrábamos. Pensé: no tantas como para ser el hogar del libro. Ese, como quizá lo soñó Borges, quedaba a orillas del río Wye.

vergaraglenda@hotmail.com

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