Columna

Crónica del más vivo

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LUIS CARLOS DÍAZ
04 MAR 2016 - 12:00 AM

Son las 2.15 p.m. de un sábado y conduzco por el mercado de Bazurto, templo del caos de la movilidad en Cartagena. Ruego que la suerte me acompañe y que los constantes anuncios de inteligencia vial que Pirry transmite por televisión sean útiles.

Atravieso la glorieta, ahora en el sitio del antiguo Puente de Bazurto y, después de sobrevivir a sus confusos semáforos, avanzo hasta toparme con un paso peatonal, una “cebra”. Veo venir a una mujer adulta dispuesta a cruzar y freno; le cedo el paso a ella, cargando  varias bolsas en una mano y tapándose el rostro con la otra para protegerse del sol.

Pienso dos cosas. La primera me dice que podría integrar el selecto grupo de conductores con inteligencia vial y contribuir, con mis actos, a crear cultura ciudadana en Cartagena. La segunda, un reflejo de lo que pudo pensar quien atravesaba la calle, me indicaba que ella seguramente se sentía parte del pequeño grupo de peatones con la misma inteligencia.

Esos pensamientos, sin embargo, se ven interrumpidos por un seco golpe en la parte trasera de mi auto. Un descuidado motociclista me saca de mis cavilaciones. Él escapa, sin importarle la salud de su parrillero. Ahora la indignación se apodera de mí.

Con la intención de alcanzarlo, enciendo mi auto y acelero. Pero mi esperanza –eso que, dicen, es lo último que se pierde– se esfuma con la rapidez la moto que desaparece entre el tráfico.

Con una farola desprendida y la defensa trasera desajustada llego a mi casa a narrar lo sucedido. Una crónica que refleja la conducta ciudadana predominante: la cultura del más vivo.

A esa cultura de la incivilidad pertenecen los conductores de automóviles que se cuelan en las filas de los semáforos porque no pueden esperar su turno para pasar. Esa misma de la que hacen parte quienes golpean los autos en centros comerciales y huyen sin reconocer su culpa. La misma que identifica a quienes, sin importarles su seguridad y la de otros, transitan en contravía para ahorrarse un par de minutos de viaje.

Definitivamente, es la misma cultura de quienes estacionan en sitios para discapacitados sin serlo, o en uno de los dos carriles de una transitada avenida, pensando que por encender las luces de estacionamiento adquieren de alguna manera el derecho de parar aunque provoquen trancones.

Así vivimos lo cartageneros: narrando crónicas protagonizadas por los “más vivos”, una influyente minoría que se aprovecha de los impotentes afectados. Son crónicas de una civilidad reprochable, historias que Pirry ni siquiera alcanza a imaginar en su espacio de televisión.
*Profesor de la Facultad de Economía y Negocios, UTB


ldiaz@unitecnologica.edu.co

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