Columna

El mundo de Subuso

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DARÍO MORÓN DÍAZ
16 ABR 2016 - 12:00 AM

“El extraño mundo de Subuso” fue una historieta publicada en los periódicos en los decenios de los sesenta o setenta del siglo pasado, que mostraba situaciones insólitas en las cuales era testigo Subuso, un personaje que por una acentuada miopía usaba unos lentes de gran aumento y una boina de estilo detectivesco. En Colombia cada vez son más frecuentes las situaciones que por lo extravagantes parecen corresponder al mundo del personaje de marras.

Pablo Robledo del Castillo, Superintendente de Industria y Comercio, descubrió una “cartelización” en las azucareras del Valle del Cauca que promovían beneficios para los integrantes del cartel. El superintendente recibió fuertes ataques de los involucrados en la labor defraudadora, con denuncias destinadas a descalificarlo; afortunadamente el gobierno no cedió a las presiones.

Robledo rechazó verticalmente los cuestionamientos de los autores del delito. Ahora los fabricantes del papel higiénico, servilletas, toallas de cocina, pañuelos de mano y de la cara: Familia, Kimberly, Papeles nacionales, Cartones y papeles de Risaralda y Drypers, en abierto contubernio son descubiertos por la Superintendencia en otro cartel de alteración de los precios, asaltando la buena fe de los consumidores.

Pero en la Colombia de Subuso, “Familia” se acogió a una de esas medidas que se inventan para burlar la justicia. La fábrica de Familia delató a sus otros socios, por ello se le reconocerán no sé qué tipo de sinecuras. Esa laxitud frente a los delitos ha hecho carrera en el país, ya ciertos medios comenzaron a elogiar a “Familia”, como si por haber logrado tales prebendas dejara de ser delincuente. Lo acordado con Familia es una burla a la Justicia que así no cumple el papel de guardiana de la igualdad ante las leyes.

Esa tendencia farisaica de perdonar a toda clase de delincuentes se está volviendo consuetudinaria. En los medios ese hecho delictivo se convierte por arte de birlibirloque, en una virtud y se pondera a los infractores acudiendo a la más conspicua terminología.

Una acción falaz se trastoca en una virtud y así se establecen precedentes funestos en un país donde la corrupción permeó tanto lo público, como lo privado. De esa manera la Justicia es vulnerada, no es una Justicia justa, se desvirtúa; ahora la postiza acción trasmite el mensaje: el delito paga.

Es menester que impere la rectitud y seriedad en la administración de la Justicia, que se apegue a la ética y a la filosofía de pensadores como el premio Nobel Amartya Sen, o por el contrario tendremos que aceptar que vivimos en ese mundo extraño de Subuso.

*Exdirector de El Universal. Académico de Medicina e Historia.

DARÍO MORÓN DIAZ*
dmorond@gmail.com

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