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Hace algunos días una amiga de la ya lejana y despreocupada época del colegio supo qué dolor del alma no tiene nombre y no se puede explicar ni definir porque es imposible describir el alcance de su derrumbe espiritual. Su herida es honda y las preguntas acosan, aparecen en tumultos y solo se obtienen las frías respuestas de la ciencia. “Su hijo se suicidó y es probable que haya tenido un momento de depresión psicótica estimulada por causas endógenas (fisiológicas, bioquímicas cerebrales) o externas (un evento lo desencadenó). En ambos casos hubo renuncia a la vida y un instante en que se obedecía a una idea esquizoide: morir, autoeliminarse”.

Y comienza el drama terrible. Y en la búsqueda de más razones y causas enmarcadas en la lógica, y en medio del sentimiento de culpa injustificado, ese dolor se convierte en un incesante ascenso a la tortura. Morir es sencillamente la muerte. Suicidarse es el infierno. No el infierno como consecuencia del pecado que cita el libro bíblico, sino que quien se suicida ha vivido momentos infernales previos al acto final. No se va en paz. Se va por un no sabemos qué impulso que ponemos erradamente a oscilar entre la valentía y la cobardía. Y la familia queda en otro infierno.

Cuando yo tenía 28 años sufrí depresión grave. Un mes debí enfrentar los rigores de ese dolor mental que no te permite alegrarte así hayas ganado la lotería, que te atormenta con pensamientos involuntarios. Sin embargo, me salvó un psiquiatra y su oportuna información. Me dijo que no me estaba volviendo loca sino que padecía una enfermedad; que lo sentido y pensado eran sus signos normales; que no era un padecimiento voluntario; y lo más importante, lo que deben saber pacientes, que era curable y que los medicamentos devolvían la estabilidad a los neurotransmisores responsables de la sensación del placer para que no sintiera el impulso de arrojarme de un balcón, por ejemplo, y volviera a la normalidad para continuar con una vida prometedora.

Muchos se han ido sin conocer la patología que les aquejaba, y esa ceguera no les permitió la opción de la resistencia mientras el tratamiento los devolvía al sosiego. En Cartagena los casos se hacen cada vez más frecuentes y a nivel oficial parece desconocerse que desde 1969 la OMS reconoció la necesidad de que los países incluyeran la prevención del suicidio dentro del área de la salud pública. Se recomendó mejorar el diagnóstico, tratamiento y seguimiento de la depresión y otros trastornos mentales y disminuir las tasas de mortalidad por medio de la divulgación sin tabúes de la conducta autodestructiva en las escuelas secundarias, las universidades, y los medios de comunicación. Si se procura que la idea no se convierta en acto, es probable un cambio de decisión que evitará a  la familia y a la sociedad un dolor que no tiene nombre.vergaraglenda@hotmail.com

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