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En 1981, cuando era una joven estudiante de Derecho en Bogotá y tuve la primera edición de Crónica de una muerte anunciada, me asaltó una ráfaga de intuición pisciana. A este man le van a dar el Nobel, le dije a un amigo que compartía conmigo un vocabulario repleto de extranjerismos, la música disco con Gloria Gaynor a la cabeza, la permanente de rizos, y la literatura como afición exótica.

Él sonrió y acarició mi cabello indómito como para consentirle a un niño su fantasía. De mi amigo no volví a saber; pero un año después, el man era noticia mundial por el premio de Estocolmo. Yo pasaba vacaciones en la ciudad y aún recuerdo que Luisa Santiaga, madre del galardonado, pidió en una entrevista radial que arreglaran el teléfono de la casa que mi familia habitó un par de años antes en una calle con bulevar de fértiles nísperos.

Seguro él ha estado muchas veces en el que fue mi cuarto, le dije a mi papá. Es probable, dijo, y citó un fragmento de Cien años de soledad con los ojos húmedos por la emoción; era el mismo que el 26 de septiembre durante la firma del acuerdo de Paz, al presidente Santos le sirvió para aludir a un destino diferente para la patria y su renacer sin violencia y con “...una segunda oportunidad sobre la tierra”. Se refirió a Gabo como uno de los colombianos que más participó en los procesos de paz sin ser protagónico y se lamentó que la vida no le hubiera alcanzado para estar en Cartagena de Indias y ser testigo de la realidad de sus anhelos.

Ya la historia de este Macondo no tendría una estirpe para vivir un siglo, sino varias generaciones para vivir en paz. Santos se apegó al recuerdo del Nobel de literatura sin saber que pocos días después él también obtendría el de la Paz, a pesar del No del plebiscito y la reticencia de los contradictores del acuerdo. Parecía, después del plebiscito, que el presidente había fracasado y que solo podía salvarle la intervención de esos opositores que asumirían liderazgos en la modificación del nuevo acuerdo. Sin embargo, esa segunda oportunidad que no tuvo Macondo, se la iba a gestionar desde el lugar donde ascendió Remedios La Bella, el dueño del premio que tanto trabajó por reconciliar a las partes en conflicto mientras construía universos literarios.

Dos Nobel y una paz; dos oportunidades de reconocimiento internacional para un país que merece sobreponerse a los estragos de la violencia, las armas y su viejo conflicto; que merece solidaridad del mundo con su lucha solitaria para que germinen las semillas de la esperanza sobre su tierra.

vergaraglenda@hotmail.com

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