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Colombianos repitan conmigo, repítanlo carajo, lean en voz alta estas planas como si fuera una oración secular entonada al dios del sentido común: Todos los petristas no son radicales, Todos los uribistas no son paracos, Todos los fajardistas no son unos tibios, Todos los periodistas no están vendidos.

Hagamos de estas líneas un mantra bacano que nos saque de la cabeza tanta basura prejuiciosa creada por las generalizaciones injustas. Y es que las generalizaciones, cuando señalan un defecto, tienden a ser imprecisas y maliciosas. Con ellas se pueden definir multitudes, moldearlas al antojo de un capricho que desconoce la singularidad de cada una de las personas que integran un grupo social. Hablamos del peligroso sistema de lo simple, el mismo que le hace decir a muchos que todos los costeños son flojos, todos los cachacos hipócritas y todos los paisas uribistas.

Con esto no quiero decir que la generalización sea un recurso inútil. Al contrario: la infinitud del universo y la prolijidad de la realidad son inteligibles gracias a nuestra capacidad de abstraer y agrupar en un mismo saco elementos que, en un sentido más estricto, se diferencian entre sí. De esa forma un ornitólogo puede considerar que tanto el cóndor como el pelícano son aves por compartir un pico y unas plumas. O la sabiduría popular producir un refrán como “perro que ladra no muerde”; o los filósofos valerse del razonamiento inductivo en el que todas las flores son hermosas si sólo se conocen la orquídea, el clavel y la rosa.

El gran problema surge cuando hacemos de la generalización una retórica del estigma. Entonces pagan justos (que son más) por pecadores (que son menos). Lo vimos en la anterior campaña presidencial: si un tuitero que apoyaba a Gustavo Petro amenazaba a otro que iba a votar por Sergio Fajardo, entonces se deducía que los petristas eran extremistas e intolerantes. Si un periodista famoso le realizaba una entrevista sesgada a un candidato presidencial, entonces se decía que el gremio de los periodistas se había entregado al mejor postor. Y así con todo: que los que votaron en blanco en la segunda vuelta lo hicieron por indecisos, que los que votaron por Iván Duque tienen vínculos con el paramilitarismo, que los venezolanos que llegan al país son putas y ladrones, etcétera.

Tal parece que nos hemos vuelto adictos al señalamiento ocioso del gentío. Quizás por eso seguimos comentando en reuniones que todo pueblerino del Caribe se ha ‘comido’ a una burra alguna vez en su vida, o insistiendo en que el cachaco, el palomo y el gato son tres animales ingratos.

¡Y hay que ver cómo nos indignamos cuando en el extranjero nos mencionan la cocaína!

“El gran problema surge cuando hacemos de la generalización una retórica del estigma. Entonces pagan justos (que son más) por pecadores (que son menos)”.*Escritor

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