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Columna

Venezolanos en Cartagena

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Es como en el éxodo bíblico, pero sin Moisés para conducirlos a la tierra prometida porque en su emigración no hay profeta que los guíe ni los proteja y les ofrezca un destino pacífico y próspero. Así es la desgracia de miles de venezolanos enfrentados a la cruel huida, solos o con sus familias, sufriendo el hambre, la sed, el desamparo, en esa búsqueda de fronteras providenciales que constituyan el tránsito hacia Colombia, cuyo destino más ambicionado es una ciudad que les describieron como la reina del turismo.

Pero la realidad para muchos ha sido la triste mendicidad. Me consta esa denigrante vida de andenes y de intemperie, con innumerables mujeres y sus niños de brazos, pidiendo limosna con voces quebrantadas por la necesidad. Cartagena no podía acogerlos a todos, darles trabajo formal, y tampoco era la ciudad fabulosa que imaginaron porque tenía un comercio de proxenetas que se aprovecharon del drama de muchachas sin horizonte para explotarlas sexualmente. Cómo me duelen esos hermanos venezolanos que me encuentro a cada dos pasos en el Centro, ofreciendo sus colombinas de colores a cambio de unas monedas. Qué éxodo doloroso.

Un faraón en Egipto esclavizó a los hebreos, según el mito y la leyenda pascual, pero a diferencia de los venezolanos la remota historia no está basada en un hecho real sino que es un relato simbólico que pronostica los horrores de un mundo gobernado por déspotas. Y Venezuela es eso. Un estado con tiranos en el poder que empobrecieron hasta límites inconcebibles a su pueblo, lo reprimieron, lo obligaron a abandonar su amado país, a deshacerse de sus pertenencias y raíces por el desabastecimiento de alimentos y medicinas.

Qué drama humano viven estos venezolanos en el exilio. No tienen techo, trabajo, ni el calor de un hogar. La migración es tan grande que se ha generado una crisis humanitaria en la que la ONU promete ayudar a Colombia a resolver a través de la OIM (Organización Internacional para las Migraciones) y la Acnur (agencia de la ONU para los refugiados), pero le pide al Gobierno seguir apoyando a estos seres sin patria, seguir brindándoles solidaridad y respeto, para que su drama encuentre una pausa en este país hermano que, como afirma emocionado el joven Alejandro Pirela, le ha dado la oportunidad de trabajar en dos oficios diferentes las casi veinticuatro horas del día, aunque siente dolor por la ausencia de los suyos.

Pero están del lado de acá, como si un Moisés hubiera separado las aguas y en la orilla contraria se hubiera quedado la pesadilla de una dictadura inmisericorde.

Tenemos que auxiliar a estos refugiados, víctimas de un bárbaro que no ha sabido para qué es el poder. Simón Bolívar tiene una frase que parece concebida para su Venezuela de hoy: "La libertad es el único objetivo digno del sacrificio de la vida de los hombres".

“No tienen techo, trabajo, ni el calor de un hogar. La migración es tan grande que se ha generado una crisis humanitaria en la que la ONU promete ayudar a Colombia(...)” 

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