En uno de los primeros capítulos de la novela “Celia se pudre”, el escritor sucreño Héctor Rojas Herazo recrea la aparición de algo fantasmagórico que él nombra, muy acertadamente, como “aquello”.
Ese “aquello” se apodera de una oficina pública, a cierta hora que, tras una que otra descripción, nos deja más o menos claro que podría tratarse de la una de la tarde o de los minutos que anteceden al reinicio de la jornada laboral vespertina.
“Aquello” está cargado de sudores, de modorra, de comentarios inoportunos, de perfumes que se desvanecen con la atonía, de sarro, de zumbidos de moscas, de flatulencia y ventoseo. Pero, transcurrida la densidad del tiempo, algo lo desintegra y todo vuelve a cierto estado de discutible normalidad, pasmo habitual.
Esa oficina pública que dibuja el maestro Rojas Herazo, podría estar en cualquiera de las ciudades de la Región Caribe o en los pueblos ribereños del interior, donde el bochorno es una presencia inapelable, casi palpable, aunque la rutina queme todos sus esfuerzos por ignorarla.
“Aquello” permanece en cualquier parte de Cartagena, y la mordacidad de su agresión no discrimina: tanto el propio como el foráneo, tanto el rico como el pobre, tanto el ignorante como el instruido suelen ser presas fáciles de su zarpazo inesperado.
Su ataque no tiene hora definida. Caminar por el Centro Histórico implica que en cualquier momento una vaharada de orines, una tufarada fecal o un viento de aguas podridas hagan retroceder la marcha; o, en el peor de los casos, sostener la respiración hasta que un ambiente neutro, o un sigilo de culinaria, asuman el desesperado rescate.
Atravesar la avenida Pedro de Heredia, desde lo más recóndito de la ciudad hasta los predios de lo amurallado, da por entendido que, en cuanto menos se espere, “aquello” podría colarse sin permiso a través de las ventanillas de las busetas como gases intestinales de los más sobrecargados.
Lo mismo sucede, preferiblemente en las horas pico, en la avenida del Lago. El tramo que les toca al mercado de Bazurto y a la Ciénaga de Las Quintas, es el quinto anillo del infierno donde “aquello” reina con todo el poder de su inmundicia irrespirable.
La suerte no es mejor para quienes pretenden cortar camino por la avenida Pedro Romero o por la Vía Perimetral. “Aquello” los perseguirá y se incrustará en sus camisas, en el sudor de sus cabellos y hasta en los recuerdos semejantes a imágenes de caños pluviales, conductos sanitarios y desechos atascados a orillas de una ciénaga moribunda.
“Aquello” está en todas partes, menos en la fotografía que promociona a Cartagena como la pretendida encarnación del edén. Sin embargo, se desquita con quienes le hacen caso a la trapisonda colorida, se aventuran a visitar y regresan a sus lugares de origen con un marisco satánico impregnado en sus narices. “Aquello” es así.
“ ‘Aquello’ está en todas partes, menos en la fotografía que promociona a Cartagena como la pretendida encarnación del edén. Sin embargo, se desquita (...)”
