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Gustavo Balanta no necesita escribir poemas para ser poeta. Con su propia vida lo es. Con su temperamento altruista y su sentido de pertenencia respecto a la etnia afro, es más que suficiente para que se le asigne el honroso título de poeta.

Las frases de “Desde los negro llegan estos cantos”, su primer poemario, repartidas entre cantos a la resistencia, a la cultura yoruba y al erotismo, no son más que una extensión o una especie de certificación de lo que en su larga carrera de líder social ha enseñado a quienes tienen la fortuna de ser sus amigos.

Hay en estos cantos una hondura alegre, pero a la vez melancólica, casi triste, respecto a los elementos que componen el paisaje del universo caribeño, siempre visto desde la perspectiva negra, desde la atalaya de los conocimientos que trajeron los ancestros africanos y que el invasor europeo primero ignoró y después trató de borrar de la faz de la tierra.

Por eso, estas letras también son un bullerengue, un lumbalú, un son montuno, una plena, un compás, un tamborito, un reggae, un porro y hasta un merengue (tanto vallenato como dominicano), para dejar en claro que la sabiduría de los ancianos de Guinea vibra en la memoria y en las manos de un guerrero que ha osado enfrentarse con la muerte y con la vida a punta de acciones, palabras y textos, cuyo hilo conductor es la soberbia de la sobrevivencia.

Pero, antes que nada, la poesía es belleza. Y Balanta lo sabe. Y lo expresa nombrando el fulgor de las carnes apretadas de aquellas negras que golpean el fondo de los pilones, pero también las que taconean las calles de la urbe colonial que las desprecia como gente, pero las ambiciona como alivio para la entrepierna masculina.

La belleza se reinventa cuando Balanta pronuncia sílabas con el mismo fragor del mar golpeando las costas caribeñas o marfileñas; se reinventa cuando se agitan los ríos y los montes exhalan el mismo perfume del rastrojo que sirvió para levantar los palenques que mantuvieron a raya la ignominia, el borrador de nombres, el asesinato de la memoria y el descuartizamiento de la dignidad.

La poesía se precia de ser clarividente. Es uno de sus más caros postulados. Así que las tonadas de Balanta saben, además, tocar la piel de las tragedias urbanas. De ellas no se escapan los perdedores que se rebuscan en los pasillos de las busetas, ni los que apuran gruesos buches de cerveza para celebrar las migajas que sobran en los banquetes de la opulencia.

Los dioses del Olimpo africano no desconocen que por estos lares el golpe de sus tambores sigue sirviendo para organizar areitos y cantos mortuorios, donde se ríe y se llora, como enseñando el anverso y el reverso de la vida. Solo que en estas celebraciones, en estos espelukes, el cuero fue reemplazado por la magia electrónica, pero los bailadores son los mismos: danzan y cantan recibiendo nacimientos y sepultando despedidas. 

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