Estrenando nuevo año, es propicio reflexionar sobre un tema que ha sido trillado por expertos. Hay cuatro formas de huir de la realidad, y con ellas demostramos no saber vivir. Aferrarse al pasado, por añoranza o por amargura; y las afincadas al futuro, bien porque le temen, o porque ven la realización de sus sueños.
Hay seres que siguen aferrados al pasado por algún fracaso o lesión. Se amargan porque hace 20 años el padre los abandonó o el novio la dejó, una especie de no haberse perdonado el viejo dolor, y ahí viven. Propio de los que no gustan del presente y como no poseen la fórmula de modificarlo. Y no es que el pasado no sea útil. Nos conviene cuando resplandece al presente, como utilidad para el futuro, esto es, que deja de ser pasado y se torna en señuelo y no en añoranza. De ahí que los entendidos afirmen que, de cada cien hombres, uno lo toma para mejorar el futuro, mientras que el 99 % como refugio sentimental porque no les agrada el presente.
Muchos de los que viven del pasado, reflejan el universo aterrador del futuro. Son asistidos por el pánico hacia él, que en otras épocas fue achaque exclusivo de personas maduras, hoy azota a los jóvenes.
Unamuno se irritaba, con razón, cuando la gente le hablaba del porvenir. “Eso que llaman el porvenir es una de las grandes mentiras. El verdadero porvenir es hoy. ¿Qué será de nosotros mañana? ¡No hay mañana! ¿Qué es de nosotros hoy, ahora? Esta es la única cuestión”.
Todo en exceso es nocivo, y los sueños, en idéntica forma, llevados al extremo, cumplen lo que nos decían los abuelos: “Quien repite cuatro veces que la felicidad llegará mañana, la quinta vez expresa que no vendrá jamás”. Los sueños excesivos son casi siempre el preámbulo de las aflicciones.
El presente es nuestra única tarea, esta hora, porque Dios mismo no nos espera en el mañana. El encuentro con Él es hoy.
El episodio del vivir está en nosotros, somos dueños del ahora y del aquí: el pasado ya no lo podemos modificar; el futuro, lo desconocemos y nada podemos sobre él. Solo el presente es nuestro, el momento que podemos administrar.
Vivamos el presente, aprovechando la sabiduría del pasado y el estímulo del porvenir, de un mañana que queremos más humano y más próspero. El conflicto no es rememorar momentos intensos, ni concebir una vida codiciada, el problema se presenta cuando nos amparamos en uno u otro lado de manera continuada.
“El pasado está escrito en la memoria y el futuro está presente en el deseo”: Carlos Fuentes.
