Dejé de ser religiosa el día en que tuve conciencia de la responsabilidad que les asiste a las religiones –como a la mayoría de instituciones de poder– en la perpetuación de un modelo patriarcal, supremacista y excluyente que vulnera los derechos de la mujer.
Mis primeros desencantos vinieron de una lectura menos poética a la que hacíamos en el colegio del relato bíblico. Desde el Génesis nos enseñan que Eva (la mujer) nace de la costilla de Adán (el varón) y después de que los animales poblaran la tierra. El dios del Génesis le entrega a Adán el derecho político establecido en su derecho como esposo sobre Eva: “Dios ordenó a Adán gobernar sobre su esposa y que sus deseos estuvieran sujetos a los de él” (Genésis 3:16) y en adelante se teje un orden social distorsionado que sirve como sustento para la desigualdad.
El segundo desencanto estuvo en el rito católico y con él vinieron las preguntas: ¿Por qué las mujeres no pueden decir misa? ¿por qué una monja no tiene la ‘gracia divina’ de perdonar los pecados mediante la confesión? ¿por qué el trato desigual hacia la población LGTB y las parejas separadas? ¿por qué la opulencia de los templos cuando hay tanta pobreza en el mundo? ¿por qué siempre se elige un papa y no una mama?
Un amigo sacerdote intentó responderme y me dijo que el hecho de que las mujeres no puedan ser sacerdotes o no puedan aspirar a ser papas no es un problema de machismo, sino de “voluntad divina”. La raíz última, según él, estuvo en la elección misma que de los apóstoles hizo Jesús: “todos fueron hombres”.
Tras esta respuesta, decidí confiar en mi propio juicio y pensar por separado en Jesús y la Iglesia mientras me acercaba al feminismo. Jesús fue un revolucionario que desafió las estructuras de poder y prevaleció a su historia. Su idea de iglesia no estuvo atravesada por la elección de los hombres como roca para edificar nada, sino por la noción de una comunidad reunida alrededor de la fe. Murió por la defensa de la libertad, de la justicia y el amor al prójimo. Su lucha es la misma que libran las feministas de ayer y hoy por los derechos, por la construcción de una sociedad más justa y equitativa, más democrática y alejada de las tiranías, más solidaria y sin discriminaciones de ningún tipo.
El feminismo, opuesto a los ritos tradicionales de las religiones, es un compromiso de vida que provee caminos de superación frente a la injustica y la exclusión, que implica reivindicaciones igualitaristas, que le hace contrapeso al consumismo, es una responsabilidad moral de todos en la convivencia; es, como lo expresa la activista Saia Vergara, “un imperativo ético de las sociedades democráticas”, es un esfuerzo colectivo por romper con las estructuras dominantes, es el verdadero camino para encontrar la libertad en un mundo acostumbrado a naturalizar la violencia.
*Profesora de Comunicación Social y feminista.
